El que nos roba es el Estado

Carmelo Jordá

En esta España mía en esta España nuestra visitar a un asesor fiscal puede llegar a ser un ejercicio casi tan triste como visitar a un oncólogo: no se recibe ni una mísera buena noticia y se sale siempre con sensación de amargura, porque en esto sí que no hay nunca la más mínima esperanza.

Y es que el yugo fiscal al que nos somete Papá Estado es de una ferocidad que ríanse ustedes de las normas del luto en la casa de Bernarda Alba: al común de los mortales asalariados no nos es posible escapar sin ofrecer antes en sacrificio más de la mitad de nuestros ingresos a la voracidad de los dioses estatistas.

Miento: no sólo pagamos por nuestros ingresos hasta un punto del que poquísimos ciudadanos son conscientes –miren en su nómina la casilla del "coste de empresa" y descubrirán horrorizados que su empleador paga por usted aproximadamente el doble de lo que usted finalmente cobra–, también pagamos por lo que gastamos, por lo que tenemos, por la gasolina que repostamos, por cada luz que encendemos en casa, por lo que heredamos…

El Estado se las apaña para robarnos –no se puede utilizar otra palabra cuando llegamos a estos niveles de exacción– incluso cuando en lugar de ganar dinero lo perdemos: ahí están, por ejemplo, los impuestos de plusvalías inmobiliarias con los que los ayuntamientos han sangrado a la clase media propietaria, que es la espina dorsal de éste y de cualquier otro país.

Que no les engañen sobre la justicia social o los derechos que el Estado tiene sobre nosotros: vía impuestos les quitan lo que es suyo, lo hacen sin ninguna medida y no para escuelas y hospitales, sino para alimentar una maquinaria de voracidad infinita en la que el papel principal de los ciudadanos no es el de satisfechos receptores de excelsos servicios, sino el de pagafantas de una fiesta a la que la mayoría de nosotros no estamos invitados.

Así, cuando periodistas-de-investigación-muy-concienciados descubren que un famoso, un menos famoso o algún familiar de un político tienen dinero aquí o allá, cuando los hipócritas defensores de "lo público" braman contra los paraísos fiscales, no puedo sentir sino solidaridad con aquellos que logran liberarse, sólo a medias, de este saqueo permanente. Creo que está más que justificado tratar de pagar los menos impuestos posibles; es más, creo que es un deber moral resistirnos, en la medida en que podamos, a que nos masacren impunemente.

Les dirán que por culpa de aquellos que no pagan hasta el último céntimo no se puede hacer este hospital o aquel colegio, lo que por supuesto es una grosera mentira. Aún hay una falsedad mayor: que los que logran escaparse un poco del atraco hacen que los demás paguemos más; la verdad es justo al revés: es la existencia de algunas válvulas de escape –pocas, cada vez menos– lo único que evita que la maquinaria voraz nos apriete aún más las clavijas.

Pagar menos impuestos no es robar, es defender lo que es nuestro. El que nos roba siempre un porcentaje intolerable del fruto de nuestro trabajo, de nuestros ahorros, de nuestras inversiones o de lo que heredamos es, precisamente, el Estado.

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