El Puchimón de Bruselas

Carmelo Jordá

A mí, qué quieren que les diga, la resolución que ha hecho pública el juez Llanera este martes me ha parecido un poco extraña, una de esas cosas que te deja la sensación de que algo se ha hecho mal en algún momento, les confieso que no sé muy bien qué.

Por otro lado, a mí, como a la mayoría de ustedes, me gusta ver a los delincuentes a la sombra –debo de ser un peligroso fascista–, y en el caso de ciertos delincuentes no sólo es que sea una preferencia personal, sino que es una necesidad nacional: es importante que los que han hecho tanto daño y han estado a punto de hacer aún mucho más paguen por ello. No sólo eso: también es bueno que paguen lo antes posible.

Así que uno preferiría que se persiguiese a Puigdemont y a su banda con algo más de perseverancia. Quizá no sea necesario un policía de estos de las películas americanas que veinte años después del crimen siguen estudiando el caso, en una espiral autodestructiva que les ha llevado al divorcio y al alcoholismo, pero que la Justicia se diese algo más de vidilla, como se dice aquí en Madrid, no estaría de más.

Dicho todo esto, el sorprendente auto de Llanera puede parecernos malo a los que estamos por que se aplique la Ley, e incluso puede que realmente lo sea, pero no tengo nada claro que no sea aún peor para el expresident y su séquito de golpistas. Sí, es cierto que Puigdemont y los demás pueden eludir indefinidamente la acción de la Justicia española, pero no lo es menos que ahora si vuelven a España ya será volando directamente a Estremera, y que tampoco tendrán fácil irse de Bélgica a otro país, en el que vaya usted a saber si los convenios de extradición no serán más perjudiciales.

Así las cosas, y vista la escasa inclinación del pedecato por el martirologio carcelario, se me antoja que el futuro de Puigdemont puede pasar por una larguísima estancia en Bruselas, donde, una vez celebradas las elecciones y con el transcurrir de los meses y los años, poco a poco irá siendo olvidado, se irá quedando sin dinero y pasará a la más absoluta irrelevancia.

Es más, no hay que descartar que dentro de unos años, cuando los turistas contemplen la simpática estatua del meón, se les acerque un personaje con una pinta rara y el pelo no muy limpio y les diga: "¿Saben que jo soc el president legítimo de la República Catalana?".

Puede incluso que el simpático y excéntrico clochard se convierta, con el tiempo, en otra atracción de la capital belga, incrementando aún más el interés turístico de una ciudad en la que en un fin de semana podrás ver la bellísima Grand Place, el impresionante Atomium, la graciosa estatua del Meón y, sobre todo, al Puchimón de Bruselas, un tipo curiosísimo que te da mucha risa pero, la verdad, también un poco de pena.

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