El barranco de Sánchez… y Simón

Carmelo Jordá

Admitámoslo: ni yo ni ustedes ni el 99% de los españoles tenemos ni puñetera idea sobre vacunas. Es cierto que gracias al coronavirus todos hemos hecho un curso exprés de conocimientos sanitarios, en la mayor parte de los casos de aquella manera porque los que tendrían que haber ayudado en la tarea, autoridades y medios de comunicación, han estado a otra cosa, con algunas honrosas excepciones.

Aun así, seguimos siendo casi todos grandísimos legos en la materia: si mañana me hiciese un corte con un hierro oxidado y en el hospital me preguntasen qué marca de vacuna del tétanos quiero, me quedaría a cuadros, me parecería algo totalmente inconcebible, y de hecho lo sería.

Pues lo inconcebible les está pasando a cientos de miles de españoles que tienen que elegir si quieren que la segunda dosis de la vacuna sea esta o aquella. Y, sorprendentemente, casi todos están decidiendo lo contrario de lo que el Gobierno les ha recomendado hacer.

Que la inmensa mayoría rechace el consejo del Gobierno en una cuestión en la que es casi imposible tener criterio propio es algo insólito que creo no ha debido pasar nunca en la Historia. Un fenómeno aún más impresionante en estos tiempos en los que se profesa tal fervor por lo que dicen "las autoridades", especialmente las "sanitarias".

¿Cómo puede ocurrir algo así? El impresentable de Fernando Simón ha repartido culpas: por un lado, a las comunidades autónomas, que son unas liantas; por el otro, a los medios de comunicación, que estamos comprados, que hay que reconocer que algunos sí, por el Gobierno, pero a esos no se refería el muy gañán.

Como casi siempre que habla, Simón mentía: la culpa es sobre todo de él y de un Ejecutivo que demuestra un desprecio por la verdad sólo comparable a su amor por la chapuza. Si fuera una cuestión de politización o de periodistas malvados, el porcentaje de gente que rechazase el consejo explícito de Sanidad sería alto, pero no abrumador. Y es tan abrumador –ronda o supera el 90% en casi todas las comunidades autónomas– que tiene un significado mucho más allá de lo sanitario: ya no son el propio Simón o la intrascendente Darias los que están recibiendo una bofetada de la sociedad, es todo un Gobierno al que no creen ni los suyos.

Ni el peor González en el peor momento, el más odiado Aznar o el más lamentable Zapatero habrían logrado algo así. Es un fenómeno de tal magnitud que si yo fuese Iván Redondo me andaría con mucho cuidado: tiene pinta de que ya se está cayendo por el barranco.

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