Catetos contra Madrid, bobos contra sí mismos

Carmelo Jordá

El pasado lunes, El País ilustraba la noticia de que una buena parte del centro de Madrid ha sido seleccionado como patrimonio mundial por la Unesco con una foto infame, cutre y oscura, para contraponerla al Paisaje de Luz que es el nombre de la exitosa candidatura madrileña.

No sólo es una típica muestra del sectarismo de un periódico que ya ensucia prácticamente todo lo que toca –menos mal que ahora viene Pepa Bueno a arreglarlo, guiño, guiño, codazo–, sino que refleja el sentimiento antimadrileño que está poniéndose de moda en media España, en buena parte gracias a los medios de comunicación, claro.

Este mismo martes un periodista recordaba en Twitter los "tropecientos" sitios que "deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad antes que el Retiro y el Paseo del Prado" sólo en Extremadura. Serían tropecientos, pero no ponía más que uno como ejemplo: el teatro romano de Medellín. No tengo la suerte de conocerlo, pero estoy seguro de que me encantaría hacerlo, de que disfrutaría como un enano tomando decenas o cientos de fotos y de que me sentiría muy orgulloso de que un vestigio así esté en mi país. Otro más, otro de tantos.

Sin embargo, teatros romanos hay literalmente cientos –concretamente 342, según la Wikipedia–, distribuidos por Europa, el norte de África y la franja mediterránea de Asia. Por el contrario, ¿cuántos espacios culturales semejantes al Paseo del Prado y el Retiro creen ustedes que hay en el mundo? Se lo diré: uno –quizá la Quinta Avenida y Central Park en Nueva York, y no es exactamente lo mismo– o ninguno.

¿Por qué nos cuesta tanto en este país reconocer los méritos de Madrid, que son los méritos de toda España? ¿Cómo puede ser que, siendo español, no sientas el Museo del Prado y todo ese maravilloso entorno como algo tuyo, algo de lo que enorgullecerte allá donde vayas? Me parece alucinante.

Está claro que parte de esta estúpida animadversión viene por razones políticas de corto recorrido: el señalamiento que día sí y día también se hace de los políticos de Madrid –antes fue Esperanza Aguirre, ahora Díaz Ayuso–, pero también de los madrileños y de la propia ciudad y la provincia toda.

Pero hay otra parte que aún es más preocupante: nos estamos volviendo un país cada día más cateto, más encerrado en lo que nos pilla muy cerca, en nuestra comunidad autónoma, ciudad, pueblo o barrio. Tenemos un sentimiento de pertenencia tan escaso o tan local que no somos capaces de ver que si yo soy de Madrid, es decir español, la catedral de Burgos, el Camino de Santiago o la Sagrada Familia son tan míos como el Museo del Prado; que me puedo sentir igual de orgulloso de la Plaza Mayor de Salamanca que de la de Madrid o la de Chinchón. Y si es usted gallego, catalán o salmantino, lo mismo, porque estas maravillas son parte de lo que hemos logrado como pueblo estén donde estén, son patrimonio de todos, seamos de aquí o de allá: son nuestras, en plural.

En suma, lo que ha conseguido Madrid esta semana –una grandísima noticia desde muchos puntos de vista– no es un éxito de Madrid, y aún menos de Ayuso o de Almeida: es un triunfo y un éxito de todos los españoles, incluso de los bobos que se apresuran a desprestigiarlo y con ello sólo se desprestigian a sí mismos.

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