Ahora resulta que el fútbol no era un tema de dinero

Carmelo Jordá

Esta columna necesita que les haga dos advertencias previas: la primera es que no soy muy futbolero; me gusta el fútbol, sí, pero no sigo el día a día de todas las competiciones y veo pocos partidos porque no tengo tiempo y tampoco estoy para pagar canales deportivos, y hoy en día prácticamente todo el deporte televisado es de pago. Aun así, me voy a permitir el lujo de opinar porque el tema de la Superliga va, creo yo, mucho más allá del fútbol.  

La segunda advertencia es que a mí el proyecto no me gusta nada: no soy seguidor del Madrid, el Barcelona o el Atlético y, como a todos los demás, me parece una canallada que se cree una competición en la que mi Valencia difícilmente podrá estar nunca. Un sentimiento que creo que mucha gente entenderá porque estará pensando más o menos lo mismo. No, no jugábamos la Champions todos los años, ni mucho menos, pero era una posibilidad real muchas temporadas y en el fútbol se vive, sobre todo, de ilusión. 

Sin embargo, pese a que no me gusta la idea de la Superliga y todavía menos la forma en la que se ha planteado, aún me está resultando mucho peor la hipócrita campaña que se ha desatado en su contra.

Porque a ver, señores, no sólo el fútbol sino que la mayoría del deporte profesional en todo el mundo, y desde hace muchos años, es una cuestión de dinero. Messi puede estar muy a gusto en Barcelona, como no me cabe la menor duda de que Cristiano lo estaba en Madrid, pero ambos ficharon por sus equipos porque les garantizaban unos ingresos fabulosos y han estado jugando allí mientras esas cantidades han sido lo suficientemente extraordinarias.

Ojo, yo estoy a favor de que la gente gane dinero, y más aún de que gane muchísimo dinero, a mí no me van a encontrar nunca en la demagogia pobrista de escandalizarse por los sueldos altos de un futbolista, un directivo o un actor, por poner sólo tres ejemplos. Pero lo que no puede ser es que el deporte sea desde hace muchísimo un negocio multimillonario y que los mismos que han participado de él durante décadas –y que además de participar se han forrado hasta las cachas– ahora se escandalicen porque haya quien piense que haciéndolo de otra forma será aún más rentable.

Y encima estas llamadas a la modestia y la contención llegan desde organismos que no sólo viven opíparamente del negocio, sino que están entre los más corruptos e inmorales del mundo. Llenándose la boca de buenas palabras y discursitos solidarios, el mundo del deporte ha llevado Juegos Olímpicos a las peores dictaduras del planeta, ha vendido Mundiales al precio que el primer sátrapa estaba dispuesto a pagar y no ha puesto ni el más ligero reparo a que regímenes totalitarios de todos los continentes usaran el deporte para su propaganda, aun a costa de la salud y la vida de deportistas atrapados en infiernos de abusos personales y doping sistemático.

No, el mundo del deporte no está en disposición de dar una mísera lección de ética o solidaridad. La Superliga será una realidad o no, y si lo es será un éxito o no, pero su materialización o su fracaso no van a depender, no deberían depender, de los discursos pobristas y llenos de falsa moralina de un hatajo de multimillonarios corruptos.

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