Los trumpiflautas y la jauría

Carlos Malpartida

El domingo pasado el periódico El Mundo publicaba un editorial y una doble página interior sobre la libertad de expresión, los medios de comunicación, internet y las redes sociales a propósito de una sentencia en contra de la revista satírica Mongolia por la utilización de la imagen de Ortega Cano en la promoción de un espectáculo de dicha revista. El editorial comenzaba con la siguiente frase:

La universalización de internet y la aparición de redes sociales que pretenden sustituir a los medios de comunicación han provocado la multiplicación de informaciones –no siempre contrastadas– y de opiniones –que rozan a veces el insulto innecesario– cuya única razón de ser es la de acumular likes y usuarios, sin importarles cómo.

Ojiplático.

Hay un debate interesante aquí por lo que está suponiendo la transformación de la comunicación y ese concepto genérico de opinión pública del siglo pasado que viene mutando de una forma radical en los últimos años. Los medios deben hacérselo mirar porque parecen situarse en un punto equidistante, como si la responsabilidad no fuera con ellos. Como si este mismo mecanismo de likes y usuarios (o seguidores) no fuera también la forma con la que se relacionan con su audiencia. Pero si en El Mundo lleva ya años publicando sus cositas el Dios Tuitero. Al plato y a las tajadas. Los clicks chungos y el conseguir tráfico a toda costa es cosa de los otros. De los populistas. Los populistas son siempre los de la acera de enfrente. Nosotros no, nosotros somos de los buenos.

Las redes sociales no pretenden sustituir a los medios porque no creo que les haga falta (ahí están los ejemplos de Instagram y Tik Tok), son los medios los que han entrado en las redes cambiando por completo su relación con la información y la transmisión de la misma. Incluso me atrevería a decir que han cambiado el uso que hacemos los usuarios de las redes sociales desde que vieran que había negocio, que era el futuro y se podía monetizar la presencia. No hay un periodista en este país que no tenga cuenta en Twitter (o no mire lo que pasa en la red social del pajarito, por muy Juan Manuel de Prada que se sea). Desde hace unos años es Twitter, el canal, más importante que el mensaje. La velocidad que el tocino. Y en ese barro, en esa cochiquera, estamos todos metidos. Desde los muertos de hambre que opinamos sin saber hasta los directores de opinión y la intelectualidad de prestigio.

El problema de las redes sociales es que igualan de una forma radical, uniformando, y al final un gran periódico tiene el mismo formato, dentro de las plataformas, que cualquier usuario random. Hay una homogeneidad impuesta que es trágica para los medios tradicionales, ya que nada es sólido y tangible como lo eran antes las noticias impresas en papel prensa.

Había ganas de matar al papel. Conseguido. Ya no hay jerarquía ni orden y todo es múltiple, cambiante y a golpe de tuit, que no es otra cosa que un titular sin noticia. Ahora no lloremos tanto.

Donald Trump es el Ortega Cano universal y planetario del que reírse abiertamente sin riesgo a que te condenen. Con Trump hay barra libre y consenso pleno. Aquí no hay debate, y menos desde España, donde realmente la historia USA nos cae más bien lejos o lejísimos y se puede estirar la caricatura sin arrobo de ningún tipo. Ayer, después del aquelarre de los trumpiflautas visitando el Capitolio, al presidente Trump le han bloqueado indefinidamente los perfiles de Instagram y Facebook, y caerá en breve su cuenta de Twitter de la misma manera. Pues ya está. Conseguido. A ver qué mente de nuestro establishment periodístico se parte la camisa por la libertad de expresión de todo un presidente de los Estados Unidos. Ese demonio que no ha vuelto a reeditar mandato por los pelos de un calvo con pelliza y cuernos (ni la más remota idea de si con pucherazo incluido o no). Cuántos editoriales tendremos sobre lo que supone para la libertad individual (pero también de prensa) el hecho de que internet expulse a Trump.

A Trump se le odia en bloque y hay que echarlo de las redes porque se ha enfrentado a los media reinventando por completo la relación de un líder con sus seguidores y votantes. Ya está bien la broma. El error del sistema que fue su elección en 2016 parece que se subsana y podemos respirar tranquilos porque desde Silicon Valley velan por nosotros y lo correcto y verdadero de nuestras opiniones. No te salgas del carril que te veo, mongolo.

En el artículo que mencionaba al inicio hay también unas declaraciones de Arcadi Espada sobre un concepto que viene usando desde hace tiempo y que a mí me gusta especialmente por lo que tiene de animal y feroz: la jauría. Arcadi Espada compara las hordas de las redes con esos perros en busca de presa y a la caza y que te pueden condicionar la escritura si se sienten ofendidas. La turba pero en más bicho. Lo que ahora se llama "cultura de la cancelación" en bonito. Arcadi sabe que en eso de la jauría los hay también de baja intensidad, de tapadillo, de incógnito y al disimulo. Difuso el término, aunque quede muy plástico y cinegético. Siempre hay alguno azuzando (si no es el mismísimo Mark Zuckerberg) y las redes son sistemas organizados y camarillas. Muchas jaurías y muchísimos pelajes. Lo realmente difícil, por definición imposible, es ir por libre y al final es todo muy gregario. Están construidas y pensadas así de origen. Internet nos quiere en falange y lo hacen todo para que así sea. El huevo antes que la gallina. Del like al retuit o al posicionamiento y visibilidad web. Aquí creo que está la mandanga del asunto y a ver quién es el guapo que le pone el cascabel al gato o al perro rabioso en este caso.

Más dudas. ¿Quién vigila al vigilante? ¿Es Internet un ente neutral y aséptico o tiene sus propios intereses? ¿Deberían los medios de comunicación abandonar unos soportes que no controlan y de los que no son dueños? ¿Hay otros soportes posibles? ¿Lo del miércoles fue un golpe de Estado?, ¿de verdad? ¿Habrá algún tipo de reacción social en redes por la simpatizante de Trump abatida a tiros? ¿Quién dice lo que que es mentira y verdad de lo que se publica en una red social? ¿El dueño de la red social? ¿Edu Galán?

Ay, quién maneja mi barca, quién.

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