Laporta somos todos

Carlos Malpartida

El fútbol pandémico es posible sin aficionados en los estadios porque no son necesarios para mantener el circo de varias pistas alrededor del juego y sus protagonistas. Importan ya que su ausencia ha supuesto una disminución considerable de ingresos pero es algo totalmente imprevisto que los clubs y las grandes ligas corregirían en caso de que esta situación se alargase mucho en el tiempo. Les ha pillado el pase a pie cambiado. La industria esférica no puede parar. Uno de los más grandes inventos de ocio jamás creados es imposible que cierre. El balompié, asumámoslo, nunca ha sido realmente de verdad. El fútbol, como gran evento de masas, es televisión, radio e internet (esto último desde hace cuatro días). Eco. Tamtam universalmente repetido desde esos enormes coliseos –nuevas catedrales a las que ir a cultivar tu fe– robados al centro o extramuros de las ciudades. Algo virtual. Ficción. Fábula. Las gradas enfermamente vacías y el sonido ambiente enlatado, como unas malas risas de una serie cómica, no han hecho más que reafirmar la certeza de esa superstición infantil y absurda que es visionar al equipo de tus amores a través de una pantalla.

Hará unos veinte años –como en el tango– que viví muy cerca del Paseo de La Habana y desde nuestro apartamento se veía perfectamente la olla descapotada del Santiago Bernabéu. Recuerdo las noches de partido cuando se iluminaba el caldero y se cocía, a tiro de piedra, aquel guiso que sorbían, simultáneamente, varios millones de personas repartidas por el anchísimo mundo. Para mí, que soy de un pequeño pueblo cacereño, esa proximidad cotidiana con uno de los mayores epicentros de la épica futbolera me resultaba algo incómodo, como si el Bernabéu que tenía delante fuera el falso y el real, valga la redundancia, el televisado. “No puede ser que esté tan cerca, que pase ahí mismo”. Y es lo contrario. La pelota, el ovoide sentimental que es la vida, es el estadio, el campo, la grada, el bocadillo y el putear al Mateu Lahoz de turno. Todo lo demás es ir alternando la clasificación con folletos de planes de pensiones y prospectos de vacunas. Ahora que el Paseo de La Habana me queda a treinta leuros de Uber tengo la suerte de ir, tarde sí y tarde también, al Wanda Metropolitano. Disfruto como un cochino en el barro del partido y de ese peregrinaje indio al cerro atlético que peina Madrid en rojiblanco.

Lo que no sospechábamos de pequeños es que hinchar por el Barcelona fuera pertenecer –desde nuestro pueblito cacereño, ya digo– al ejército desarmado de Cataluña. Qué cosas. Con poquitos años, viendo esos galimatías que se armaba el zagañote de Julio Salinas con las piernas, estábamos con nuestro fusil culé de cartón atrincherados por y para la independencia. CATALONIA IS NOT SPAIN. Tócate la butifarra. Nosotros, que hicimos nuestra aquella primera Copa de Europa blaugrana con la misma alegría olímpica con la que subíamos las siestas con Induráin, fuimos en esos meses del 92 inmensamente felices. Sudamos España en aquel verano barcelonés. Gitana hechicera, malabum, hechicera gitana. La que nos parió. Cómo nos duele la escalada de la cosa separata vía Barça. Jode el tema muchísimo y sufrimos en silencio, como las hemorroides, pero el veneno de la niñez no tiene antídoto porque uno puede intentar –en vano– cambiar de equipo, pero lo que resulta del todo imposible es cambiar de infancia. El fútbol es ir al estadio, ya lo hemos dicho, pero sobre todo es infancia, posibilidad, futuro por venir. Tu hermano que se cree Paco Buyo y tú, que ya desde cebollita te lo montas de rarito, eligiendo bando contrario. Me identifico mucho con el crío chino aquel que pasearon por el palco del Campo Nuevo porque se sabía el himno de pe a pa en perfectísimo catalán. Yo no digo una estrofa de corrido pero quiero que el Barça gane siempre se miccione colonia o no en el verde. Y ganar, y ganar, y ganar que diría el de Hortaleza antes de mentarte a algún negro.

Ha puesto el candidato Laporta un cartelón enorme con su propia jeta no muy lejos del Paseo de La Habana y con un “GANAS DE VOLVER A VEROS” en correctísimo español. Un impacto rollo la figura del Che en La Habana (en La Habana de Cuba, no la del Paseo) pero de traje y corbata, canitas canallas y sonrisa golfa iluminada con luz de gas. Se le ve entero. Actitud no le falta. Laporta somos todos. A los polacos españolazos nos alegra con la ocurrencia porque parece que ese VOLVER A VEROS no es directamente a la merengada, que rápido se ha dado por aludida, y es algo dirigido a todos aquellos (catalanes que no quieren ser extranjeros en su propia tierra, incluidos) que llevamos esa sensación esquizo y culpable de pensar un Barça no independentista, si eso alguna vez ha sido o fuera posible. Como si nos perdonara, al fin, la vida de culés contrahechos, incongruentes, ajenos, deformes y que hablamos la lengua de las bestias.

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