Consejo de Seguridad

Venezuela o el ratón a cargo del queso

Carlos Alberto Montaner

A partir del 2015, cuando Venezuela se incorpore al Consejo de Seguridad de la ONU, el organismo pasará a llamarse "de Inseguridad". La broma venezolana tiene algo de cierto. Colocar a ese país en la institución que debe velar por la paz entre las naciones del mundo es como poner a Drácula al frente de un banco de sangre o un ratón a vigilar el queso.

Hoy no existe mayor peligro para la paz en el planeta que el que emana del conflicto del Medio Oriente, y la Venezuela chavista es parte activa de ese reñidero junto a Irán, Hezbolá o cualquier organización terrorista que conspire contra Occidente y, sobre todo, contra el Satán norteamericano.

En Alemania, en el 2013, según reportó el Bild, fue detenido Tahmasb Mazaheri, exministro de Finanzas iraní, con un cheque oficial venezolano por el equivalente de 70 millones de dólares. Presumiblemente, se trataba de uno de los aportes venezolanos al desarrollo de armas nucleares iraníes, aunque el funcionario alegó que era para fabricar casas.

En Canadá fueron descubiertos 173 islamistas con documentación falsa expedida por Venezuela. Canadá no juega con esas informaciones. En el 2006, a poco de llegar al poder el primer ministro conservador, Stephen Harper, detuvieron a 18 terroristas islamistas que planeaban decapitarlo, una curiosa afición carnicera de estos grupos, y luego o simultáneamente demoler el Parlamento.

El Departamento del Tesoro de Estados Unidos en el 2007 acusó al jefe de la Dirección de Inteligencia Militar, general Hugo Carvajal, al entonces director del Servicio de Inteligencia Bolivariana (Sebin), general Henry Rangel, y al ministro de Interior y Justicia, Ramón Rodríguez Chacín, de mantener vínculos con el terrorismo y el narcotráfico. En el 2008 extendieron la acusación a otros dos venezolanos de origen sirio, Fawzi Kanan y Ghazi Nasr al Din, de ser "terroristas" por tener vínculos con Hezbolá, grupo considerado terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea.

Para dar cierta relevancia a la delegación venezolana ante Naciones Unidas, Nicolás Maduro designó a María Gabriela Chávez, de 32 años, carente de cualquier vestigio de formación diplomática, pero hija del presidente muerto. La flamante embajadora había sido acusada de corrupción en los medios de prensa de la oposición por participar en la importación de arroz argentino con un sobreprecio de un 30%, lo que representaba, de ser cierto, unos cuantos millones de dólares en comisiones indebidas.

En todo caso, la participación de Venezuela en el Consejo de Seguridad de la ONU sólo tiene importancia mediática. Le servirá a Caracas para difundir urbi et orbi su mensaje antioccidental y proislamista, así como los peculiares discursos de Maduro, pletóricos de disparates seguramente dictados por los indoctos pajaritos con lo que suele conversar, pero la labor seria de obstrucción de la paz o de promoción de las causas antidemocráticas ya está a cargo de Rusia, con China como cómplice silencioso. A Venezuela sólo le tocará bailar como comparsa.

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