Opinión

Las manifestaciones contra Bush y la embajada cubana

Carlos Alberto Montaner
A los diplomáticos más observadores radicados en Madrid no les sorprendieron tanto las escasas manifestaciones contra George W. Bush a su paso por Madrid, sino comprobar la evidente vinculación de los servicios cubanos con esos actos antiamericanos. No sólo abundaron las imágenes del Che, las pancartas contra el "bloqueo" y las banderas cubanas, sino que entre los manifestantes se vieron caras cubanas muy familiares. A La Habana le interesaba que Washington supiera que la mano de la revolución todavía era larga y fuerte. No quería esconder la capacidad de Cuba para afectar la vida pública espanola y contrariar los intereses norteamericanos: quería exhibirla.

En Espana, el gobierno de Castro utiliza para sus fines a numerosas personas vinculadas al Partido Comunista y a otras formaciones de Izquierda Unida. El proceso de reclutamiento es muy simple: invitaciones a Cuba, vacaciones en cálidas playas caribeñas y, en algunos casos, becas de estudio a los hijos de los camaradas. Tras brindarles esas costosas cortesías llegan las peticiones: gritar consignas en los mítines "pro cubanos", pegar pasquines, buscar ayuda pública para la isla, realizar cierto espionaje industrial, levantar informes sensibles sobre personas utilizables, atraer inversiones, influir sobre ciertos políticos, intimidar a otros, y hasta servir de matones para reventar actos de los demócratas, cubanos o españoles, contrarios a la dictadura de Castro.

Tampoco pasa inadvertido a los expertos españoles en la lucha antiterrorista la total coincidencia entre los grupos independentistas más radicales y los grupos de presión armados por la policía política cubana bajo el rubro de "Comités de amistad con el pueblo cubano". En el País Vasco, los "pro cubanos" son exactamente los mismos que queman autobuses y desordenan la vida ciudadana. En Cataluña, Galicia, Canarias y hasta en Valencia, quienes apoyan a Castro son los restos del radicalismo más violento y agresivo. Fue toda esa marea humana la que Castro vertió contra Bush al paso del presidente norteamericano por España. Sin duda se trató de una peligrosa jugada. La paciencia española tiene límites.

A continuación