Cuba

La Patria y el Orgullo

Carlos Alberto Montaner

El 17 de abril de 1961 desembarcaron en la Isla patriotas pobres, ricos y de clase media. Gentes con una notable instrucción universitaria y otros de origen rural que apenas tenían educación formal. Muchos eran blancos, pero también había negros y mulatos.

No era verdad, como alegan los defensores del castrismo, que se trataba de un esfuerzo de la oligarquía por rescatar sus propiedades confiscadas. Era un esfuerzo de todos los grupos sociales por rescatar las libertades y la democracia. Un esfuerzo que en cierta medida trataba de culminar la traicionada lucha contra la anterior dictadura.

Es cierto, sin embargo, y debe enorgullecernos, que entre los expedicionarios había algunos representantes de los grupos económicamente poderosos de Cuba, como ocurrió durante nuestras Guerras de Independencia con hacendados prominentes como Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y Francisco Vicente Aguilera; pero eso sólo prueba que esas personas estaban dispuestas a dar su vida y su fortuna por la libertad de los cubanos.

En el caso de las presas políticas cubanas, sucede exactamente igual. Entre ellas estaban Polita Grau, ex primera dama de la República durante el Gobierno de su tío Ramón Grau San Martín, o mi amiga la Dra. Marta Frayde –nonagenaria todavía viva en Madrid–, exembajadora de Cuba ante la Unesco a principios de los años sesenta, descendiente de una conocida familia del patriciado cubano, y la humilde Zoila Águila Almeida, la Niña del Escambray, una valiente guerrillera nacida en Placetas y muerta en el exilio, quien se alzara en las montañas de Las Villas junto a su esposo Manolo Munso, fusilado en Cuba, un electricista, como relatara Enrique Encinosa en su valioso libro sobre La guerra olvidada del Escambray.

Ya que he mencionado a Marta Frayde, quiero compartir con ustedes una anécdota poco conocida que ella me relatara hace ya muchos años: ¿saben qué experto visitó una de las cárceles de mujeres en las que estuvo recluida?

Nada menos que Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky, irónicamente convertido en inspector de prisiones por Fidel Castro, el mayor de los estalinistas, dada su experiencia de haber pasado 20 años en Lecumberri, en México, condenado por su vil crimen. (Dato que acaso debe reflejar Leonardo Padura en la próxima edición de su notable novela El hombre que amaba los perros).

En efecto, cientos de mujeres cubanas de todos los grupos sociales del país pasaron por las cárceles de la dictadura comunista, y todas cuentan las mismas historias de golpizas, maltratos, vejaciones e incluso muerte, como le sucedió a Lydia Pérez León, a quien la mató una hemorragia en su celda de castigo "porque no había sangre para las gusanas".

Ana Lázara Rodríguez, estudiante de medicina que cumplió 19 años de presidio, tuvo el talento y la dolorosa paciencia que se requiere para contar sus terribles experiencias en una obra autobiográfica que se lee con admiración y horror. Admiración, por el valor de esta mujer y sus compañeras de infortunio. Horror, por todo lo que las hicieron padecer. La obra, escrita en español y luego también traducida y publicada en inglés, es un monumento a los mejores aspectos del espíritu humano y una radical condena a la barbarie de las cárceles para mujeres de los Castro. Se titula Diario de una sobreviviente.

Precisamente, si hay algo que diferencia la dictadura de los Castro de las anteriores tiranías padecidas por los cubanos desde el siglo XIX a la fecha es el trato despiadado dado por esta dinastía militar a las presas políticas. Durante la época colonial española, durante el machadato, durante la dictadura de Batista, los maltratos y torturas a las mujeres de la oposición ocurrieron de manera excepcional. Durante la dictadura comunista, en cambio, ha sido la regla, ha sido masiva, ha durado décadas, y se ha visto (y se ve hoy día) en todas las cárceles en las que estas mujeres han estado recluidas, desde Guanajay hasta Baracoa, pasando por Nuevo Amanecer.

¿De dónde ha salido esta casta de desalmados militares cubanos capaces de maltratar a las presas políticas sin respetar el género, la edad y el estado físico de estas mujeres?

Dentro de la cultura cubana, acaso por cierta tradición patriarcal de carácter hispánico, existía la regla, pocas veces incumplida, de respetar la integridad física y moral de las mujeres, aunque fueran adversarias políticas o familiares de los enemigos. Esa norma de elemental convivencia, de la que se beneficiaron los propios hermanos Castro y los jefes de la insurrección, cuyas familias no fueron molestadas por Batista, fue violada desde el principio por los represores del castrismo.

Recuerdo, en enero de 1961, a una señora embarazada que fue a ver a su esposo a La Cabaña. Ella no sabía que lo habían fusilado la víspera de la visita. Se enteró allí, en lo que llamaban "el rastrillo", cuando se lo gritó un guardia para que todos lo oyéramos:

A tu marido lo fusilamos anoche. Tendrás que buscarte un nuevo macho para que te haga la próxima barriga.

Es ese tipo de gentuza el que continúa haciendo actos de repudio, golpea y mortifica a las Damas de Blanco o a los periodistas independientes y acosa a los disidentes, ya sean hombres o mujeres. Ésa es la tropa de choque del castrismo, pero esos también son sus representantes más visibles y emblemáticos.

Quiero terminar aludiendo al título de las valiosas memorias escritas, precisamente, por un miembro de la Brigada 2506, Waldo de Castroverde, viejo amigo de la adolescencia. Le llamó a su libro Que la patria se sienta orgullosa.

Así nos sentimos todos los cubanos, queridas presas políticas, queridos excombatientes de Playa Girón: profundamente orgullos por el sacrificio de vuestras vidas.

Muchas gracias por todo lo que han hecho y sufrido.

N. de la R.: este texto está tomado de la conferencia que dictó Carlos Alberto Montaner este domingo en Miami, en la sede de la Brigada 2506, en el transcurso de un homenaje a las presas políticas cubanas.

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