Crisis de Cubanacan

¿Corrupción o excusa para no pagar?

Carlos Alberto Montaner
Los franceses, para investigar los crímenes, suelen decir “busquen a la mujer”. Los norteamericanos, menos románticos, “sigan al dinero”. Esta vez tienen razón los gringos. La detención en La Habana de Juan José Vega, el presidente de Cubanacán, acusado de corrupción, es el pretexto perfecto que buscaba el régimen de Castro para no pagarles a varias empresas españolas unas cuantas decenas de millones de dólares que les adeudaba. Por lo pronto, esa es la confidencia hecha por un diplomático cubano radicado en Europa a un amigo periodista: “Juan es una persona de confianza del aparato ―dijo―, y se prestaría, si se lo piden, a servir de chivo expiatorio para justificar la ausencia de dinero para cumplir con las obligaciones del gobierno.”  Y enseguida agregó: “la falta de liquidez del gobierno es total; todo el ‘cash’ se ha ido en las compras a los Estados Unidos para tratar de inducir a Bush a que levante el embargo”.
           
La revelación del diplomático ―que no puede dar su nombre hasta que deserte de una vez, como le aconsejan sus amigos― es perfectamente congruente con la situación económica del régimen cubano y con su modo habitual de obrar. Es cierto que hay una profunda corrupción en las altas esferas del castrismo ―corrupción que afecta a la propia familia del dictador―, y mucha gente conoce la entrega en efectivo de sobornos de hasta un millón de dólares en efectivo, pero hay una alta probabilidad de que este episodio no sea más que una estratagema para justificar la catarata de impagados con que ahora se verán afectadas las relaciones con los socios españoles.
           
“Con esta operación policial ―apuntó el diplomático― Castro mata varios pájaros con el mismo disparo: no paga las deudas, da una imagen de honradez, siembra el pánico entre sus subalternos y se prepara para algo que le apetece mucho, ‘recuperar’ el control de la administración de los hoteles y negociar posteriormente con las cadenas norteamericanas. Fidel está convencido de que es más fácil negociar con los empresarios norteamericanos que con los españoles porque los españoles crean unos lazos personales en el país que a él le parecen inconvenientes”.
           
Puede ser. La paradoja de todo esto es que, como parte de sus “obligaciones” por operar dentro de Cuba, los empresarios españoles debían contribuir a “luchar contra el bloqueo norteamericano”, gestión en la que alguno de ellos ha invertido cientos de miles de dólares y no pocas relaciones personales. ¿Resultado? “Soga para su pescuezo”, como suelen decir en esa isla tan fascinante como peligrosa.   
 
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