Covid-19: un catalizador para la revolución en biomedicina

Armando Cuesta

Estamos siendo testigos (o víctimas) de un momento histórico. La covid-19 será recordada como la primera gran pandemia del siglo XXI, sobrevenida a pesar de avisos de expertos en relación con los peligros que entrañaban los coronavirus en los mercados húmedos chinos (Cheng, Vincent CC, et al. "Severe acute respiratory syndrome coronavirus as an agent of emerging and reemerging infection." Clinical microbiology reviews 20.4 (2007): 660-694.), y los no tan expertos. Paradójicamente, nuestro elevado grado de globalización ha facilitado en gran medida la expansión de un virus por otro lado poco transmisible (si bien capaz de hacerlo a través de personas infectadas asintomáticas), saturando los sistemas sanitarios en cuestión de días, o semanas. Como consecuencia, las medidas más importantes para atajar la crisis consistieron, a primera vista, en el confinamiento masivo de la población, y, por ende, la puesta en jaque de la economía mundial. La crisis ha puesto de relieve numerosos puntos de mejora, que no son motivo de este artículo, entre los que han destacado la incapacidad de organismos internacionales para la detección y coordinación de este tipo de amenazas, la fragilidad de las cadenas de suministro de materiales esenciales (demasiado dependientes del sudeste asiático), o las ineficiencias y/o falta de preparación de los sistemas de salud de muchos países. Todo lo anterior ha avivado el interés de los mercados por invertir en Salud, un sector clave en la sostenibilidad de nuestra especie, como ya estableció la Agenda 2030 de Naciones Unidas, acelerando una revolución que, por otro lado, estaba ya en marcha.

Entre los muchos intentos que se han hecho por modelar la pandemia se ha recurrido a la búsqueda de antecedentes para poder establecer paralelismos. Frecuentemente, se ha hecho referencia a la mal llamada gripe española de 1918. Este es un ejercicio que puede ser útil, siempre y cuando seamos conscientes de las importantes diferencias existentes entre ambos acontecimientos. La diferencia más obvia radica en que hace cien años, además de estar sumidos en los inicios de la Primera Guerra Mundial, la economía era fundamentalmente dependiente del sector agrario, no era globalizada, y carecía de las infraestructuras y los medios hospitalarios que nos han permitido salvar un innumerable número de vidas desde que comenzó la pandemia. Adicionalmente, los virus son completamente diferentes: siendo el virus de influenza, causante de la gripe, propenso a producir numerosas e importantes mutaciones (razón por la cual hemos sido incapaces de crear una vacuna universal) los coronavirus, por el contrario, dan lugar a mutaciones que no parecen cambiar radicalmente su estructura, y, por ende, su modus operandi. Por esta razón existe cierto optimismo en la comunidad científica internacional en la posibilidad de desarrollar una vacuna en los próximos meses capaz de ofrecer protección permanente y universal, si bien este debate sería motivo de otro artículo. Finalmente, y quizá la diferencia más importante, estriba en el salto secular que se ha producido, no ya en los últimos cien años, sino tan sólo, en las últimas dos décadas.

En efecto, vivimos la Cuarta Revolución Industrial, caracterizada por la sinergia de plataformas tecnológicas "digitales, físicas y biológicas" (Schwab, Klaus (2015-12-12). "The Fourth Industrial Revolution". Retrieved 2020-06-20). Los representantes principales de estas megatendencias, así llamadas en el argot financiero, son tres respectivamente: la Inteligencia Artificial (IA), la Robótica y la Biotecnología (o por su nombre en inglés, las Life Sciences). La convergencia de estas plataformas se ha ido produciendo paulatinamente, y resultado de ella es, por ejemplo, la reducción de los costes en secuenciación genética, que han pasado de aproximadamente 100 millones de dólares a 500 euros (por genoma) en tan sólo veinte años. Cabe recordar que fue precisamente este tipo de caída exponencial en costes los que posibilitaron la explosión digital que vivimos desde los años ochenta, y que han dado lugar a la aparición de internet, los smartphones o gigantes como Google y Amazon, entre otros. Sirva la analogía mencionada para que el lector reconozca el alcance de la revolución que vive, y cuyo resultado dará lugar a los mayores cambios nunca vistos por nuestra especie hasta la fecha.

En el caso que nos ocupa, esta sinergia entre plataformas ha sido palpable tanto a nivel terapéutico como diagnóstico. A nivel diagnóstico los avances han sido muy notables. Recordemos, por ejemplo, como en cuestión de pocas semanas hemos sido capaces de desarrollar test extremadamente sensibles a la detección del material genético específico del virus (las famosas PCR) para poder así aislar a individuos infectados in-situ, una técnica que hace sólo dos décadas era ostensiblemente más costosa y laboriosa. Asimismo, en lugares con escasez de pruebas de PCR se han creado algoritmos de IA para poder mejorar la capacidad diagnóstica de los médicos, a partir del uso de tomografías de pulmón en personas sospechosas de padecer covid-19 (Mei, X., Lee, H., Diao, K. et al. Artificial intelligence–enabled rapid diagnosis of patients with COVID-19. Nat Med (2020)). Al mismo tiempo, hemos sido capaces de modelar el comportamiento de la pandemia y establecer medidas (más o menos eficaces) de aislamiento, y posteriormente "desescalada", según los niveles de infección y seroprevalencia existentes. En países altamente tecnificados, y donde hay menos sensibilidad a cuestiones relacionadas con la privacidad, se han empleado además técnicas de geolocalización para el seguimiento masivo de casos. El caso paradigmático de éxito de este tipo de medidas han sido Corea del Sur y Singapur, áreas que por otro lado tenían ya cierta experiencia tras haber padecido epidemias similares.

A nivel terapéutico el impacto ha sido, aún si cabe, más sobresaliente. El desarrollo que se ha producido en biología en las últimas décadas ha permitido, en cuestión de semanas, adquirir un conocimiento profundo del virus, tanto a nivel externo como de su material genético (Letko, M., Marzi, A. & Munster, V. Functional assessment of cell entry and receptor usage for SARS-CoV-2 and other lineage B betacoronaviruses. Nat Microbiol 5, 562–569 (2020)). Esto es importante, pues condiciona el modo que tiene el virus para entrar en el interior de las células del paciente infectado, al tiempo que nos permite comprender la patología y establecer contramedidas. En concreto, gracias a todo lo anterior y en tiempo récord, hemos sido capaces de reposicionar fármacos que teníamos disponibles en nuestro armamentario terapéutico para otras enfermedades de forma exitosa. Este ha sido el caso del remdesivir, por ejemplo, aprobado inicialmente contra el ébola. Adicionalmente, y gracias a la IA hemos podido, asimismo, predecir también qué tipo de medicamentos serían los más indicados para ser usados como tratamientos, muchos de los cuales están hoy bajo estudio clínico. El conocimiento del material genético del virus nos ha permitido reconocer, prácticamente en tiempo real, cualquier mutación relevante que haya ido surgiendo a lo largo del proceso de expansión de virus por diferentes zonas geográficas, pudiendo así estar más preparados si surgieran cepas de mayor letalidad. Y quizá lo más importante de todo, ha sido gracias a la secuenciación tan rápida de dicho material genético que hemos podido crear de novo varios candidatos a vacunas, e iniciar estudios clínicos con seres humanos. Uno de estos estudios entrará en un mes en fase 3, acortando el tiempo habitual de desarrollo de una vacuna de 15 años a apenas 7 meses, suponiendo de nuevo todo un hito para la humanidad. Sin duda, esta crisis ha demostrado que aún queda mucho por mejorar, pero no existe comparación posible entre lo que somos capaces de hacer hoy frente a, tan sólo, veinte años atrás.

La medicina va a cambiar radicalmente. La consecuencia última y más importante de la revolución que se está produciendo en Life Sciences será el cambio de modelo de una medicina reactiva, como la existente, y que responde ante la aparición de signos y síntomas, a una cada vez más preventiva, capaz de adelantarse a la aparición de la enfermedad mediante predicciones inteligentes y fármacos personalizados. Y ese mundo cada vez está más cerca.

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