Tiempos integristas

Antonio Robles

Vivimos tiempos donde cuestionar la más leve verdad de época puede desatar la irá de las iglesias laicas de nuestro tiempo. Dudar se ha convertido en sospechoso si la duda se ejerce sobre los nuevos tabúes. El mero hecho de nombrarlos es síntoma de brujería. Y si quien se atreve a cuestionarlos arrastra algún estigma políticamente sospechoso, nadie lo salvará del aquelarre. Pongamos que hablo de la Ley de Violencia de Género.

En su nombre se están utilizando argumentos impropios de un Estado de Derecho y contrarios a cualquier forma de búsqueda de la verdad filosófica y científica. Una ola de integrismo confundido tras los nuevos populismos se ha adueñado de la realidad.

Han cambiado los ropajes, pero el espíritu apostólico sigue siendo el mismo. O peor. Porque se presenta enmascarado en valores laicos. Más o menos como esos antifascistas fascistas que quieren redimir Cataluña de sí misma.

Aunque dé casi vergüenza citar en pleno siglo XXI ese tratado de tolerancia recogido en una sola frase: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero estoy dispuesto a dar mi vida por defender su derecho a decirlo" (Claude-Adrien Helvetius), debemos hacerlo. Las veces que hagan falta. Cada generación lo ha de aprender todo. De cero.

Ahora parece –recordaba el lunes pasado en Twitter Pedro Insua en recuerdo de su maestro Gustavo Bueno– que cuando atacas al catalanismo te acusan de atacar a los catalanes, si te metes con el yihadismo padeces de islamofobia, y como se te ocurra cuestionar las políticas de violencia de género estás declarando la guerra a las mujeres.

La simplificación no distingue a políticos, intelectuales o periodistas supuestamente capaces. Como ha dejado demostrado Manuel Jabois en El País acusando a la vicesecretaria de Comunicación del PP de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, de no querer la igualdad de la mujer por haber dicho esto: "Para ser mejor mujer no tengo por qué ser feminista"; es decir, que para ser mejor mujer, alega Jabois, no hace falta querer que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres.

¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino? ¿Acaso el resto de mujeres no militantes con el ismo defienden el maltrato o se inhiben ante él?

Con esta misma supremacía moral se expresaba la vicepresidenta, Carmen Calvo, el pasado 13 de diciembre en Twitter:

Proteger la libertad de las mujeres implica aceptar la verdad de lo que dicen. Las mujeres tienen que ser creídas sí o sí. Como en cualquier otro tipo de delito.

Con el fogonazo de un simple tuit, la segunda autoridad del Estado ha acabado con la presunción de inocencia, fundamento mismo del derecho. ¿Y quién se atreve a explicárselo sin tener la sensación de estar corrigiendo a un niño?

En la Llei 5/2008 del dret de les dones a eradicar la violència masclista, de Cataluña, se cambia el título para peor y se cae en un integrismo mayor a la Ley de Violencia de Género aprobada por Zapatero en el 2004. Aún no he logrado entender por qué, ante un mismo delito, la pena debe ser superior si se comete contra una mujer que si se comete contra un hombre. Paradójicamente, la igualdad que recoge felizmente nuestra Constitución para hombres y mujeres se interrumpe en cuestiones que contempla la Llei de violència masclista. Así, si un hombre viola a una niña de 7 años es juzgado por dicha ley, pero si el violado es un niño de 7 años, entonces el violador será juzgado por el Código Penal, menos riguroso.

Ya digo, si no nos podemos plantear con normalidad dudar de la equidad de una ley, la propia norma pierde valor democrático y la posibilidad de mejorarla se convierte en un tabú. Y no sólo la ley, sino la posible arbitrariedad que pudiera generarse de su mal uso.

PS. Si queremos vivir en una democracia plena, recurrir al estigma no es un recurso. Nunca.

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