¿Presunción de inocencia o inocencia de cuna?

Antonio Robles

A propósito de la detención de nueve presuntos terroristas de los CDR por parte de la Guardia Civil, el independentismo catalán ha salido en tromba para descalificar al Estado. Reconforta tanto celo en la defensa de la filosofía de la no violencia cuando se trata de librar del delito a los propios. Hay que evitar a toda costa que se desmorone el propio relato. Cuanto más se esfuerzan en ocultar sus convicciones antidemocráticas, más evidentes aparecen sus costuras supremacistas.

Curiosa revolución de las sonrisas, mientras la actuación judicial garantiza la presunción de inocencia, los mangantes del procés despotrican contra las detenciones en nombre del privilegio de cuna. ¡Ay!, cuánto recuerda a ese derecho de sangre de la aristocracia medieval que, como en la Grecia arcaica, monopolizaba la nobleza, junto a los ideales morales que la situaban por encima de la plebe tosca, sin linaje ni virtud.

Si reparan un instante, el fundamento de esa impostura se asienta en la creencia de que, por el mero hecho de nacer en cuna bien, naces virtuoso. Como estos simpáticos chicos de los CDR armados con explosivos e intenciones violentas, a los que, por el mero hecho de luchar por la independencia, todo les está permitido. O si quieren, todos sus actos se convierten en virtuosos. Así se llega sin apenas darse cuenta a la esencia del totalitarismo. La identidad catalana, al fin desnuda frente a sus actos. Es el triunfo de la guerra. Porque sólo en la guerra la justificación de los actos depende del bando en que luchas. La muerte de la justicia universal, el fin de la ciencia, la tolerancia y la democracia. O lo que es lo mismo, el triunfo del fanatismo. ¿Hay algo peor?

Lo que nos está pasando es muy grave. No porque den golpes de Estado o se organicen para volar la convivencia con Goma 2, sino porque los valores en que fundamentamos los pilares de la tolerancia, la libertad y la democracia han sido pervertidos por una pandilla de mangantes que aún tienen predicamento en la capital del reino. Sin convicciones democráticas, la eliminación del otro no sólo es posible, lo peor es que llega a ser justificable.

Con la detención de estos neoterroristas de la identidad culmina el Programa 2000 de Jordi Pujol, destinado a reducir a todas las instituciones catalanes a su secta nacional. Cualquier iluminado busca la sumisión incondicional de sus acólitos. El rebaño ha sustituido a una sociedad consciente. Sabemos que hemos llegado a ello porque en Cataluña hace años que no se argumenta ni se razona, sólo se cree en las propias convicciones por el mero hecho de ser las propias.

Este estadio de sugestión colectiva, del triunfo de la manada, habría de llegar en algún momento. Ahora la frustración hará el resto. Una colectividad condicionada a la llegada a la tierra prometida no puede sobreponerse a su frustración. Al menos un residual tanto por ciento incapaz de digerir la derrota. A eso nos enfrentamos.

Coda: "¡Fora les forces d’ocupació", "Pim, pam, pum, que no en quedi ni un!", "Apreteu! apreteu!"... ¿Por qué nos hemos acostumbrado a que representantes institucionales del Estado como el presidente de la Generalidad puedan insultarnos con tanta insolencia?

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