Populismo de izquierdas y de derechas

Antonio Robles

Pablo Iglesias o Nicolás Maduro son populistas, pero también lo son Donald Trump o Marie Le Pen. Y los dos son tomados en su sentido más peyorativo a pesar de los esfuerzos de Ernesto Laclau por presentar el fenómeno como positivo. ¿Cómo puede ser que los populistas lo sean a la vez de izquierdas y de derechas? ¿Puede emplearse el término para definir dos opciones políticas tan radicalmente distintas?

Se puede, el propio uso del término a lo largo de la historia ha tenido muchas acepciones, negativas y positivas. Pericles, el mayor político de la Grecia Clásica, fue populista, además de tirano, pero ninguna de los dos apelativos tiene nada que ver con la acepción que hoy tenemos. No es propósito de estas líneas hacer un recorrido por la historia del término, sino dar cuenta del punto de intersección del populismo de izquierdas y de derechas, es decir, aquello que les define como populistas. Y en esto sí hay consenso.

El populismo, como otros muchos términos originados en la Grecia clásica, remite a la demagogia del tirano que excita la ambición del pueblo para atraerlo a su causa. No pretende ganarlo con argumentos empíricos, ni con la razón, sino excitando los instintos más interesados y egoístas de los ciudadanos, explotar sus pasiones y esperanzas, ganar su corazón para asaltar su voluntad sin oposición. La plebe sugestionada es fácilmente manipulable. El político sin escrúpulos lo sabe, y lo explota.

No hay nadie más manipulable que el desesperado social. A la desgracia de su condición desamparada, se une la malicia del ambicioso que busca poder, a costa de lo que sea.

Hay en los populistas algo despreciable, muy obsceno. A sabiendas de que lo que prometen no es posible o es moralmente sospechoso, lo garantizan o lo blanquean para atraer a su causa al mayor número posible de incautos. Convierten así a los ciudadanos en plebe, en un rebaño. Las promesas secesionistas de los nacionalistas son un ejemplo diario. Nadie es inmune, todos tenemos nuestro talón de Aquiles por donde se cuelan.

Pablo Iglesias es un modelo obsceno y viscoso del populismo para el ciudadano despierto, pero para quien se lo toma en serio, se convierte en un justiciero. "Hay que politizar el dolor", "hay que dar miedo a los poderosos" para hacer una sociedad más justa, asegura. Como cuando ETA extendió los asesinatos a la sociedad entera bajo el lema: "hay que socializar el dolor". Contra ese tipo de bazofia se debe utilizar la razón, información neutral, objetiva, capaz de inspirar en el ciudadano la búsqueda de la verdad y no la autocomplacencia de sus emociones. Darles la posibilidad de comportarse como personas adultas ante falacias y promesas imposibles. Hoy, con las redes sociales por medio, nos lo han puesto aún peor.

No es solo una cuestión moral, hoy nos jugamos la continuidad de la sociedad del bienestar. Los tiempos han cambiado desde la abundancia productiva surgida del final de la II Guerra mundial. Las crisis económicas, el paro crónico y la precariedad laboral provocados por la era digital, las expectativas de vida y los gastos exponenciales en sanidad y pensiones de nuestros mayores, la deslocalización de empresas a causa de la globalización, la presión demográfica de África sobre Europa y la inmigración humanitaria actual han dejado las arcas de la socialdemocracia europea en banca rota. Y a ella misma, cuestionada. Y eso es muy grave, no sólo porque ha sido el modelo social más justo de cuantos se han dado hasta ahora en la historia, sino porque la crisis se ha hecho estructural, ha venido para quedarse. El mejor caldo de cultivo para los populistas. La ultraderecha y la ultraizquierda salen de sus tumbas por doquier como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Pero… ¡ojo!, los populistas a menudo son el síntoma de problemas que nos empeñamos en no ver. Tomarlos en cuenta, calibrar las soluciones posibles sin esperar a que los bárbaros entren como el caballo de Atila, es cuanto menos, prudente. Lo advertía Josep Borrell: "Conviene no escupir sobre el populismo, sino escucharles más. Sus propuestas no son viables, pero la gente no les vota por lo que proponen sino por lo que representan. Representan un estado de ánimo, y uno no combate los estados de ánimo con balances presupuestarios".

Pues habrá que intentarlo, Josep: con una sociedad ilustrada, bien informada, con políticos honrados y preparados… y también con balances presupuestarios. No somos niños.

A continuación