¡No politicen la lengua!

Antonio Robles

"¡No politicen la lengua!". Es todo lo que se le ocurrió decir al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión parlamentaria de ayer al ser requerido por la Cámara para saber qué medidas tomaría para acabar con el acoso a un niño de 5 años y su familia en Canet de Mar. Del "no judicialicen la política" al "no politicen la lengua", una manera ésta de no atender derechos y la otra de buscar impunidad. La prostitución del lenguaje asumida por el sanchismo. Vergüenza.

Imposible mayor sometimiento a uno de los mantras más utilizados por el nacionalismo para neutralizar a los ciudadanos que exigen respeto a sus derechos lingüísticos en Cataluña. Aunque Sánchez crea que se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo sin consecuencias, está colaborando con la mayor estafa histórica a la democracia mediante el secuestro y perversión del lenguaje. Lo hemos repetido un millón de veces, el catalanismo ha proyectado sobre el supuesto opresor español y cuanto lo representa sus ínfulas supremacistas, apropiándose para sí de todas las bondades de la democracia y la libertad. Retorciendo el lenguaje. Las consecuencias están a la vista: mediante la colonización del lenguaje y de cuantos valores surgieron de los Derechos Humanos, han logrado aplastar a la mitad de la ciudadanía castellanohablante de Cataluña con la connivencia de la izquierda española más reaccionaria de los últimos doscientos años.

Pedro Sánchez debería escuchar la denuncia de Ernest Lluch, realizada hace más de treinta años:

No quiero banalizar el mal, sólo constatar las raíces profundamente reaccionarias de un catalanismo construido de eufemismos donde las palabras ya no designan la realidad, sino que la falsifican (...) Nunca antes en España nadie había abusado tanto de ese universo de manipulaciones construido de palabras que George Orwell definió como neolengua. Su hedor moral es insoportable. Repasemos algunas: alegan el "derecho a decidir" para impedir que lo haga el resto de los españoles (…) Con ello tratan de presentarse al mundo como un pueblo oprimido por una España intransigente (…) "Normalización", o lograr colar con buena conciencia el propósito de excluir el derecho a estudiar en lengua española, y a ser posible recluirla en casa. "Por una escuela de todos, escuela en catalán", el oxímoron segregacionista por excelencia. Aplicado al derecho universal al voto, nos daría esta aberración: por una democracia de todos, voto masculino. "Lengua propia", para convertir en impropia la lengua más hablada de Cataluña. "Expolio fiscal", una acusación contra España para imponer el más reaccionario de los egoísmos fiscales (…) Imposición del uso corriente de "inmigrante" a cualquier español para extranjerizar a quienes no son de los suyos.

(Del epílogo de Historia de la Resistencia al Nacionalismo en Cataluña, 2013).

Han prostituido el lenguaje, nos han robado las palabras. Y nuestro presidente, que debería ser el primero en garantizar su buen uso, colabora con su colonización: "No politicen la lengua". ¿Nosotros, presidente? Si hay alguien que ha politizado la lengua en Cataluña ha sido el catalanismo. Ella es el alma identitaria de su construcción nacional, como lo fue la religión en la guerra de los Balcanes. Pascual Maragall, 2004: "La lengua catalana es el ADN de Cataluña". Jordi Pujol, 1996: "El castellano en Cataluña es fruto de una violencia antigua". Y así hasta aburrir.

Puede que el sanchismo no se haya percatado de que la hegemonía moral del catalanismo que ha facilitado este abuso se está desmoronando por momentos. Hasta intelectuales que callaron durante años escriben ahora con claridad: "Para que la verdad vuelva a Cataluña no basta con descolonizar las instituciones y la sociedad; hay que descolonizar el lenguaje" (Javier Cercas, "El lenguaje de la mentira")

Nostalgia de aquellas palabras del presidente de Estados Unidos J. F. Kennedy en 1962, que ante el incumplimiento de una sentencia del TS de Mississipi por parte del gobernador segregacionista Ross Barnet, zanjó: "Los estadounidenses son libres de estar en desacuerdo con la Ley, pero no de desobedecerla". Y mandó a las fuerzas federales.

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