No me toquen los buzones

Antonio Robles

En una democracia representativa, la responsabilidad primera recae en la voluntad general de los ciudadanos. Delegada electoralmente en sus representantes, son los diputados del Congreso los responsables de traducir esa voluntad general del pueblo en acciones de gobierno eficaces y universales que mejoren a todos los representados y al imaginario nacional que les otorga soberanía.

Visto lo visto, nuestros representantes han demostrado todo menos responsabilidad. Y lo han hecho demoliendo con empeño y desvergüenza todos los valores en los que se sustenta la confianza delegada de los ciudadanos en sus representantes. La coherencia, las promesas dadas, la lealtad, la honradez, el respeto a los electores y a sí mismos… Eso que politólogos y periodistas de moda justifican con autosuficiencia atribuyéndolo al cuajo de los políticos de raza. Vamos, que para ser político comme il faut hay que ser más tramposo que Pedro Sánchez. ¿O era Maquiavelo?

Desde ayer, sin embargo, no hay español corriente que no se cisque en la farsa de Pedro Sánchez y Albert Rivera, los dos cortados por el mismo patrón y las mismas ambiciones; en la bisoñez de Pablo Iglesias, ese asaltador de cielos con aires de estar de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte; en el mercenario Rufián con sueldo de charnego agradecido, ínfulas de estratega y ademanes de parvulario en busca de un presidente que le ría las gracias al negocio nacional, al diálogo perpetuo y al indulto como chantaje; en Pablo Casado, que no acaba de limpiar al PP allí donde es más necesario, en la foralidad navarra y vasca, y en la inmersión lingüística de la Galicia de Feijóo, en la soberbia intelectual de Cayetana Álvarez de Toledo, quizás lo más inaudito, porque ya que la soberbia es pecado capital, que al menos sea ilustrada e inteligente; y en la raza de Santiago Abascal, por no acabar de salir del Concilio de Trento y aborrecer el nacionalismo periférico mientras cultiva el propio.

Pues desde hoy deberíamos extender ese proceder crítico al mundo periodístico. Por mercenarios de esta farsa. Hay quien dirige medios o defiende posiciones ideológicas, o líderes políticos asumiendo tal condición. Nada que objetar. Pero cuando la inteligencia probada se pone al servicio de hacernos tragar, mientras se disimula neutralidad, con ruedas de molino, es patético. Esta misma semana, un periodista intentó convertir la desesperación de Albert Rivera, en una jugada maestra pergeñada con paciencia infinita y nervios de acero, para lanzar el órdago en el momento adecuado. Increíble, como si el resto de los mortales fueran imbéciles. ¿Qué diferencia hay entre la impostura de Sánchez y la periodística? Una, que la de Sánchez va en el cargo, y la periodística se esgrime como libertad de expresión.

Ahora bien, ni los políticos son los únicos culpables ni los plumillas, los únicos cómplices. Puestos a ser coherentes, los electores, eso que se dice "pueblo" en plan romántico, no podemos irnos de rositas. Los políticos nos han fallado, y nos han pasado la responsabilidad al pueblo llano. Es nuestra responsabilidad no ser cómplices de tanta mentira, farsa, miseria, incoherencia… y votar o no votar, por las mismas razones que nos han tomado el pelo los políticos. De lo contrario, la frase "Cada pueblo tiene el gobernante que se merece" será verdad. Y al cierre de la noche electoral será mejor que nos callemos y pongamos con glamour las posaderas.

Coda: hemos llegado al final sin hablar del titular: "No me toquen los buzones". No estaría mal que la campaña que ha surgido de forma espontánea en internet oponiéndose a que los partidos nos inunden con 56,5 millones de euros en propaganda electoral tuviera eco y seguimiento. Ya está bien, basta de llevarnos a las urnas desde casa con nuestro dinero, como se lleva al perro con el collar al cuello.

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