Un discurso realista

Antonio Robles

El primer discurso del rey Felipe VI ha sido tan diáfano que es ocioso interpretarlo. Hasta La Vanguardia lo resumió con exactitud en tres trazos: "La regeneración política, la recuperación económica y la cuestión catalana". Con ésta última barrió para casa. El que nombrara a Cataluña sólo fue una manera valiente de recordarle a todos los aventureros que con las cosas de comer no se juega. O por decirlo más directo, con España no se especula. Envuelto en palabras de terciopelo y abrazos de corazón, pero sin concesiones. Algo que habremos de agradecer al jefe del Estado en un tiempo donde los gobiernos de España no han sabido, no han podido o no han querido dejar claro a los caciques autonómicos. Aunque la bandera constitucional brilló por su ausencia. En casa del pobre dura poco la alegría.

Pero si el primer discurso del Rey no da para sesudas interpretaciones de iniciados, ha sido, sin embargo, el algodón de Míster Proper para contrastar, una vez más, la inutilidad de esperar de los secesionistas la más mínima lealtad con España. No digo con la Constitución, a la que de sobras hemos visto zaherir, sino con España, a cualquier España, con cualquier Constitución.

La petulancia de ese ser presuntuoso perdido en su propio laberinto fantaseando que España por fin ha reconocido que tiene un problema con Cataluña, da la medida de su narcisismo. Y el de la sociedad catalanista a la que adula. Engrilletado en el fondo de la caverna de Platón, es incapaz de apreciar que España no tiene problema alguno con ella misma, es decir con Cataluña, sino con él y con todos los que lo jalean en el fondo de la caverna. De momento, sólo una parte de Cataluña (el 29,8%). Él es el problema de Cataluña, y por ende, él y sus delirios mesiánicos son el problema de España.

Tiene incluso la desfachatez de darnos lecciones cognitivas: la mejor manera de solucionar un problema, es reconocerlo. Lástima que no se aplique el cuento. Cuanto más pronto se dé cuenta de que está forzando una ficción que sólo puede subsistir en la medida de que lo siga alimentando de agravios, mentiras y odios, más pronto se dará cuenta de que tal camino sólo lleva a la división social.

Como todos los años, en el cementerio de Montjuic, frente a la tumba de Macià, volvió a fabular estar hablando de nación a nación. Puede que los cipreses y las calaveras le inspiren y aceleren el delirio. Son sus lugares preferidos: cementerios, recreaciones en TV3 de batallas perdidas para azuzar rencillas y justificar agravios, ruinas del Born que sacralizan ofensas, humillaciones recreadas en libros escolares. ¿En eso consiste su Ítaca, en un camposanto para desenterrar la sangre de los muertos que envenene la de los vivos? ¿Podría por una vez dejar de llevar flores al pasado y dedicarse a curar a los vivos desahuciados de hospitales por falta de suficiente presupuesto?

El jefe del Estado, el rey Felipe VI de España, les tendió la mano con sinceridad. No están hechas las margaritas para echárselas a los cerdos. Se utiliza esta despreciativa expresión para señalar la indiferencia e insensibilidad de quien no sabe apreciar un ofrecimiento hermoso. Dura expresión que nadie merece, aunque sirva en esta ocasión para señalar la distancia entre la mano tendida del monarca y el dedo del corazón curvado hacia arriba que obscenamente le han dedicado los soberanistas. Eso es lo que hay en esta España nuestra que en cada generación queremos abrirla en canal.

Por lo demás, bueno es constatar que el Rey es el primer súbdito de la Ley, un ciudadano entre ciudadanos que ha de ganarse el respeto en cada lance. Nunca como antes un Rey de España ha entendido que nadie es más que nadie.

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