marchaverde.cat

Antonio Robles

Con cuatro días de por medio, ya podemos diagnosticar con seguridad que el independentismo no ha sido derrotado, ni España rota. O sea, que el conflicto sigue… tres siglos más.

Y sin embargo… las elecciones del 27-S han confirmado el peor diagnóstico: ha cuajado el adoctrinamiento escolar y mediático. La ficción ha sustituido a la realidad. Media Cataluña vive ajena a la legalidad y actúa en paralelo a ella. Eso explica que, ante la imputación a Mas, la vivan como si el Estado fuera un hatajo de franquistas. Esto revela el profundo desconocimiento que tienen de lo que es un Estado de Derecho, desconocimiento inducido por mentiras.

Por eso, los resultados son para ellos como la plastilina, se amoldan a lo que les conviene. Y les ha convenido olvidar que Junts Pel Sí planteó las elecciones como un plebiscito. Y lo perdieron (47,8% frente al 51,7% restante). Si no lo hubieran planteado como un plebiscito, se podría y debería analizar la naturaleza del resto, pero su plebiscito no obtuvo la mayoría de los votos. No les fue mejor con los escaños. Llamaron a Cataluña a votar la independencia y Cataluña les quitó 9 escaños. Tal evidencia es tan incontestable como el aumento en 7 de la CUP. En conjunto, los independentistas perdieron 2 escaños. La matemática plebiscitaria no les pudo ir peor: perdieron en votos y en porcentaje, y ganaron en escaños las autonómicas. Si la ley electoral estuviera basada en el principio democrático de un hombre, un voto, Junts pel Sí hubiera obtenido 55 escaños en lugar de 62.

Dicho esto, Junts Pel Sí ganó las elecciones autonómicas con 1. 620. 973 votos, que junto a los 336. 375 de la CUP alcanzan la cifra de 1.957.348. Una cifra inquietante y nada circunstancial, prácticamente la misma que sacaron en el 9-N (1.861.752), 95.596 más. Si tenemos en cuenta la altísima participación (77,44%), ese es el límite del independentismo, a condición de que la izquierda que se presentó bajo el paraguas de Podemos y el resto de grupos marginales se mantengan al margen. Y eso, a mi entender, es suponer mucho.

Si añadimos que el mito del cinturón rojo se ha desteñido y hasta el independentismo ha logrado cosechar votos en él, podemos decir que buena parte de los hijos de la emigración son hoy más hijos de la inmersión que de sus padres. Esto es lo más inquietante, porque si esa tendencia no se corta de cuajo, es cuestión de tiempo, sólo de tiempo… Y las escuelas siguen en su poder.

Nada está perdido, a condición de que el Estado y las fuerzas intelectuales, mediáticas y políticas planten cara a la amenaza. En estas elecciones, la alarma ha despertado a media Cataluña y a toda España. Y se nota. El independentismo ha ganado las elecciones, pero ha retrocedido en escaños y perdido en votos. Hasta el órdago del 27-S jugaban sin rival. Se les acabó la impunidad.

Mientras llega esa complicidad constitucional, hemos de prepararnos para la peor pesadilla. Cataluña se convertirá en una estomagante marcha verde. Conquistada la calle y despreciada la ley, en cada ocasión que el Estado pretenda hacer cumplir una sentencia, corregir una ilegalidad o imputar a un farsante, tomarán la calle, se atrincherán en colegios, rodearán ayuntamientos o nos acribillarán con montajes victimistas en TV3 para impedir que la ley se cumpla. Serán marchas verdes con mujeres y niños, sonrisas y cartulinas de colores. Se trata de vender un relato democrático y pacífico para consumo interno y propaganda externa. Y vivir del procés. "Revolución democrática". ¡Ay, ese lenguaje de plastilina!

De hecho ya han comenzado, con la cacerolada del martes contra la imputación judicial a Artur Mas. Una pléyade de tibios nos advierten de los efectos contraproducentes que tendrá en el avispero catalán. La dichosa fábrica de independentistas nos tiene desarmados. Caer una vez más en tales chantajes morales ya no es sólo un error, es un crimen. Haga lo que haga el Estado de Derecho, con independencia de quién gobierne España para restablecer la ley en Cataluña, será atacado con saña. Puestos a ser satanizados, cuanto antes y más rotundo sea el cumplimiento de la ley, mejor. Al menos tendrán un motivo real para quejarse.

A continuación