La operación Galaxia del Somriure

Antonio Robles

¿Se imaginan que los servicios secretos del Estado tuvieran indicios de la preparación de un golpe de Estado? ¿Se imaginan que, indagados los indicios y recopiladas las evidencias, dan con los documentos detallados de la operación? ¿Se imaginan que sus responsables son localizados, así como sus planes para disponer de estructuras de Estado paralelas a las de la propia nación española para sustituirla en el instante mismo en que se lleve a cabo?

¿Se imaginan que el golpe de Estado es institucional y se prepara en secreto desde las estructuras de poder de una comunidad autonónoma, con la connivencia política de fuerzas políticas secesionistas y contrarias a la continuidad de España como nación de ciudadanos libres e iguales?

¿Se imaginan que una parte sustancial de los presupuestos de esa comunidad autónoma se detraen de la Seguridad Social, de los servicios sociales básicos, como la atención a las personas discapacitadas o el pago a las farmacias, para invertirlos en la construcción de un Estado paralelo al propio Estado? ¿Se imaginan que tal conspiración para la secesión gastase ingentes cantidades de euros en mantener unos medios de comunicación públicos diseñados para alimentar la pedagogía del odio contra España y así predisponer a la población contra ella y hacer comprensible el golpe, incluso inevitable?

¿Se imaginan que tal proceder ha endeudado a la comunidad hasta las cejas y el Estado, en su ignorancia, sigue financiando a coste cero tal acometida contra la unidad nacional?

Si los servicios de inteligencia del Estado hubieran descubierto un plan tan diseñado, y localizado a sus responsables, ¿qué haría el Gobierno? ¿Necesitaría que se pusiese en marcha antes de detener a sus cabecillas para que el plan pudiera ser considerado un hecho jurídico punible?

Son preguntas que me hago cuando todos estos acontecimientos me remiten a la operación Galaxia de 1978. Toma este nombre de la cafetería donde se reunieron un grupo de militares para diseñar un golpe de Estado contra los planes reformistas de la Constitución en ciernes. Entre esos militares estaba el coronel Tejero, famoso después por dirigir el golpe de Estado fallido de 1981.

Cuando se descubrió la conspiración, los servicios de inteligencia del Estado hubieron de reconstruir los planes de los golpistas y, en función de las tramas aclaradas, castigar a los culpables. La condena fue mínima, siete meses para el coronel Antonio Tejero y seis para el capitán de la Policía Armada, Ricardo Sáenz de Ynestrillas, los cabecillas. Ni siquiera perdieron el rango militar. ¿Por qué la condena no fue mayor? Porque las evidencias se diluyeron en una charla de café. De haberse confirmado las acusaciones de conspiración, seguramente no hubiéramos sufrido el golpe de Estado posterior.

¿Por qué los servicios secretos actuarían contra cualquier conspiración en ciernes y no contra una rebelión relatada por fascículos con luz y taquígrafos? No me acabo de imaginar que Bárcenas o Pujol fueran únicamente advertidos si en vez de crear tramas secretas para la corrupción las hubieran anunciado a bombo y platillo. Insisto, no me imagino a Pujol advirtiendo: "Quien quiera obtener obra pública ha de colaborar con un el 3% a la construcción nacional de Cataluña". O a Bárcena reclamando un 3% para la unidad de España.

La población española ha sido hábilmente inducida mediante dosis mínimas de homeopatía golpista a considerar como democrático lo que no lo es. Si a una rana la metes en una olla con agua templada y la vas calentando poco a poco hasta la ebullición, morirá sin darse cuenta y sin intentar defenderse.

A falta de espacio para exponer los fascículos del golpe, dejo linkada una de las muchas evidencias de esa operación galaxia del somriure que Luis Herrero nos dejó en "Juntos ante el peligro".

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