La decadencia del PSOE nos lleva al abismo como nación

Antonio Robles

Desde la salida de Felipe González de la dirección del PSOE, el partido de centro-izquierda español se deshilacha con cada nuevo secretario general. Existió un momento de esperanza con Josep Borrell, aquel catalán, hijo de panadero, intelectualmente preparado y mente lúcida que pretendió devolver el partido a la socialdemocracia y recuperar la palabra España para sus siglas, pero el catalanismo de su partido y el grupo Prisa lo devolvieron a los corrales después de ganar las primarias en 1998 en contra del establishment de su partido. Una lástima, nuestro país hubiera recuperado la autoestima en sí mismo.

Estoy hablando de España, esa Constitución de ciudadanos libres e iguales que Zapatero dejó mancillar a los nacionalistas, que Rajoy no tuvo coraje para enmendar, y que Pedro Sánchez aún no se ha dado cuenta de que es la garantía de la igualdad de todos los ciudadanos, independientemente del lugar en que residan del territorio nacional.

No sabe historia, ignora las consecuencias de no tener un proyecto nacional y desconoce su propia incapacidad para enfrentarse a la ficción populista de Podemos. De hecho, está tan asustado ante la fantasmada de Pablo Iglesias, y tan ofuscado por el control de la izquierda española pseudocomunista ajena a su ideología, que es incapaz de defender el centroizquierda que sí representa. De ahí que se haya pasado con carros y carretas al cainismo y el guerracivilismo de Podemos, cuando los creíamos superados desde la Transición.

Puede que en esta frase de Pedro Sánchez esté la esencia de la desorientación del PSOE: "No entiendo de dónde saca Iglesias tanto odio y rencor contra el PSOE" (6/3/2016). Y a pesar de no entenderlo, va el tipo y la aplica al PP: "No pactaré ‘ni muerto’ con el PP" (2-5/2016). Está tan asustado por la amenaza antipepé de Podemos, que sólo se le ocurre imitarle con la convicción temerosa de los mediocres.

El PSOE es un partido español, es un partido socialdemócrata (o debería serlo), no un tinglado de advenedizos con ínfulas chavistas, anticapitalistas y mareas nacionalistas. Es en ese terreno donde les ha de combatir, sacarlos a golpe de carácter del espacio de centroizquierda que quieren mancillar, y defender la Nación Constitucional que garantiza los derechos soberanos de todos los ciudadanos por encima de los privilegios de los territorios. Es una vergüenza intelectual y una afrenta a la ideología socialdemócrata surgida tras la segunda guerra mundial, que trajo las sociedades del bienestar al norte de Europa, que el PSOE persiga los privilegios individuales pero sacralice los colectivos, que consienta, entienda y prime pactos económicos asimétricos en nombre de derechos históricos territoriales y se desentienda de los derechos económicos de los ciudadanos más desfavorecidos por vivir en autonomías con menos recursos; es un agravio intolerable que esos mismos ciudadanos obligados a emigrar a comunidades nacionalistas no puedan transmitirles desde la escuela la única propiedad real que poseen, su lengua. Y el PSOE lo consienta, y lo promueva. Por poner el último ejemplo, la candidata a las falsas primarias del PSC por Barcelona, Meritxell Batet, es una acérrima defensora de blindar la inmersión lingüística.

Después de estos cuatro meses de Sálvame de Luxe político, acaparados por los cuatro gallos de pelea, todo se ha reducido a lo previsible: buscar ventaja en la pole position de las elecciones de junio. Es todo el recorrido de nuestros padres de la patria.

Pedro Sánchez no puede negarse a negociar con el PP como si éste fuera Satanás. Y menos, hacerlo obligado por la estrategia cainita de Podemos. Nadie dice que se encamen. Son partidos diferentes. Pero hay espacios que un partido nacional ha de compartir con el resto de partidos nacionales. Si ni eso comprende ni comparte, otros saldrán a demandar el espacio de centro-izquierda nacional que el líder del PSOE se niega a defender. Al tiempo. Y entonces no habrá de temer que le quiten el espacio electoral comunistas con fecha de caducidad, sino sus propios electores.

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