Inés Arrimadas rectifica y acierta

Antonio Robles

La carta de Inés Arrimadas a Pedro Sánchez enmienda en su totalidad los errores de Cs y le pone en bandeja la solución al disparate que está a punto de cometer.

No sólo acierta en el diagnóstico y en la salida del laberinto, también está bien escrita. En este tiempo de precipitaciones y quiebros forzados, imprime seriedad.

Entiendo que ahora ya no depende de su voluntad. Pero sin duda alguna da una oportunidad a Pedro Sánchez, y compromete a Pablo Casado. Acabe como acabe el ramo de violetas, Inés se habrá ganado el respeto de la opinión pública. Al menos, el de la suya. Aunque, eso sí, a costa de dejar al partido en cueros, con un recuento de errores concatenados que Cs, Albert Rivera y ella misma han cometido desde que en 2015 lograran ganar las elecciones autonómicas de Cataluña y se negase a presentar a la investidura.

La carta tiene además la virtud de señalar la enorme irracionalidad de Pedro Sánchez al pretender formar un Gobierno de arribistas cuyo objetivo es derribar el régimen del 78, la monarquía parlamentaria y al mismo Estado Social y Democrático de Derecho.

Sin la carta, Pedro tenía la disculpa del desesperado; con ella, ya no. Sus contradicciones quedan tan en cueros como Cs enviándosela. Porque, como señalara F. J. Losantos en "La otra derecha histórica", "Sánchez quiere pactar con los que sólo pactarán con él si se pone a la cabeza del golpe del 1-O".

No hay manera de verlo de otra manera, él mismo se convierte en cómplice necesario del delito. Precisamente, el máximo responsable de evitarlo. Y eso no es bueno para él y es letal para la estabilidad económica de España, para la paz social y para la existencia misma de la nación. ¿Cómo llegar a un pacto de Estado para regularizar la inmigración, fijar el sueldo base con criterios responsables, ocuparse de la España vaciada o frenar la deuda? ¿Cómo puede Pedro Sánchez evadirse de ese destino cómplice con los golpistas?

La carta de Inés subraya aún más su desatino y temeridad. Le deja sin razones y sin disculpas, y sólo ante sus flagrantes contradicciones. ¿Cómo justificar que pacte con la derecha nacionalista, se llame PNV o JxCAT, y no con la derecha española? ¿Cómo justificar los arrumacos con la derecha racista de Sabino Arana, padre del PNV, que pretende ahora diferenciar entre ciudadanos y naturales de la nación de Euskalerría? ¿Esa derecha tiene plácet por nacionalista o por racista? ¿Desde cuándo la izquierda es el testaferro de la peor peste que asoló el s. XX? ¿Cómo justificar intentarlo con la derecha supremacista y corrupta de los herederos de Pujol? ¿Cómo puede hacerlo, repito, con la derecha nacionalista que pretende romper el Estado, y no hacerlo con la derecha constitucional española que dispone de escaños suficientes para garantizarle una investidura con mayoría absoluta? Si por izquierda, un fraude; si por nacionalista, una traición.

La aceptación para abrir conversaciones le permitiría dormir bien, su ambición de poder ya no dependería de un peronista moteado de chavismo y conchabado con el secesionismo, podría salvarse y salvar del bochorno a sus compañeros del PSOE, librarlos de un pacto con delincuentes confesos y condenados contra los derechos soberanos de la casa común de todos los españoles, y, sobre todo, librarse él mismo de la ira de millones de españoles que nunca le perdonaremos esta traición.

La pesadilla no ha hecho más que empezar, con la aceptación del lenguaje golpista. Ahora resulta que el discurso del jefe del Estado, la sentencia del Tribunal Supremo, la aplicación del 155 y su propia acción de gobierno fueron un error. No existió un intento de rebelión ni una secesión real. No hubo delito, sólo era un "conflicto político". ¿Un conflicto político? ¿Qué conflicto? ¿Entre un Gobierno de delincuentes condenados y el Estado de Derecho? ¡Qué sinvergüenza!

Quizás el peor crimen sea esta sigilosa disolución de la ley y el orden, en la que cualquier botarate se crea legitimado para saltarse las normas del Congreso o el respeto a la autoridad. En eso estamos.

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