El juego del calamar

Antonio Robles

La última serie de Netflix que arrasa en más de 90 países, es un síntoma más del triunfo definitivo del mundo audiovisual sobre cualquier otro medio de transmisión de conocimientos y valores. En la peor dirección. Mientras la letra impresa obligaba al esfuerzo y a la reflexión, y su alcance se limitaba a una élite intelectual y a una población con cultura general; el boom de las plataformas audiovisuales y las RRSS facilitan su acceso de forma indiscriminada, no requieren esfuerzo ni reflexión para disfrutarlas, pero por ello mismo, su influencia podría ser inadvertida y a menudo perversa. El adelanto digital es un logro descomunal, pero como todo, conlleva contrapartidas.

En un tiempo donde creemos tener la generación de jóvenes más preparada de la historia, paradójicamente, su populismo, su pereza intelectual, su flacidez en valores y comportamientos y un relativismo galopante general están permitiendo el allanamiento de nuestras vidas por guiones cada vez más perversos. En el pasado, un libro siniestro tenía un alcance limitado y sobraban críticos capaces de cuestionarlo; hoy una serie audiovisual invade a millones de personas en el comedor de sus casas sin más filtro que sus propias emociones.

Si la serie más vista de Netflix se caracteriza por algo, es por su capacidad para desdibujar los límites entre el bien y el mal y facilitar coartadas para justificar cualquier comportamiento. Y de la manera más sibilina: divirtiendo al espectador, alimentando su morbo y excitando los instintos más siniestros del ser humano. Sin importar el coste social, ni prever las consecuencias. "El juego del calamar" no destruye los tabús, ni los valores en que se sustentan las sociedades, pero los debilita, los relativiza. Y junto a otros muchos productos audiovisuales de parecidas características obsesionados por las audiencias, podrían estar devaluando el sentido de las cosas al pervertir la mente de generaciones enteras sin más contraste con el mundo, que el mundo que le recrean estos productos infames cada día. Todo por la audiencia, el nuevo altar de miel donde sacrificar un mundo confiado y ocioso.

Dicen que la serie coreana es una metáfora contra la competencia despiadada del capitalismo. No me lo parece. Las víctimas del juego son personas marginales, estafadores, ladrones, incluso criminales, todos fracasados y endeudados que no han aceptado las reglas de la competencia capitalista, sino que se las han saltado por considerarse dignos de derechos que nunca hicieron nada por merecer.

Tampoco la exclusión de la mujer en la serie tiene nada que ver con las sociedad del bienestar engendradas por el capitalismo. En estas tienen iguales derechos a los hombres y desempeñan todo tipo de roles, mientras en "El juego del calamar" son irrelevantes, marginales y relegadas al poder de aquellos.

No, no es una serie anticapitalista, ni la competencia criminal que blanquean en el juego es la metáfora de la ambición por el dinero. Si así fuera, sólo sería uno más de los panfletos pseudocumnistas con ínfulas creativas. No, no lo es, o no lo es sólo. Antes que otra cosa, es el producto de una industria empeñada en lograr audiencias a costa de abrir la caja de pandora de la naturaleza humana más perversa y sádica. La que la civilización humana ha logrado tener a recaudo con siglos de esfuerzos. No en vano, es la serie de Netflix más vista de su historia, después de ese otro panfleto que le va a la zaga, "la Casa de Papel". Esta sí es una serie anticapitalista guionada por la izquierda caviar con una dosis de populismo que atufa. Tiempo habrá de analizarla hasta dejarla en cueros.

Pagarán cara las próximas generaciones la toxicidad de estos productos. En algún país ya los han prohibido. Craso error. Es una batalla cultural que hay que dar. El veneno viene a menudo en los pétalos más hermosos de las flores.

P.D. Si quieren saber de qué va esta serie de "El juego del calamar", desnúdenla en este spoiler. Una vez desveladas sus truculencias, se quedará en lo que es, en un vulgar y sádico tebeo para mentes morbosas.

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