Dos varas de medir la corrupción

Antonio Robles

En estas últimas horas estamos asistiendo a la cristalización de la corrupción sociológica: dos hechos idénticos, dos focos de corrupción idénticos son percibidos de forma completamente diferente por los ciudadanos que los han sufrido. ¿En función de qué? Del territorio donde viven.

Sabemos y detestamos la nula predisposición de los partidos a enfrentarse a su propia corrupción. Hasta nos han acostumbrado a aceptarlo como si fuera una fatalidad. Pero que sociedades enteras consientan, encubran, justifiquen, incluso glorifiquen a sus propios saqueadores convierte la obscenidad en patología.

En los últimos tiempos algunos prebostes fundamentales de la construcción nacional de Cataluña, el juez extorsionador Pascual Estevill, nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial en 1994 por encargo de Jordi Pujol; el gestor de la cueva del Palau de la Música y sus 400 familias, Félix Millet; el mil veces consejero de los gobiernos de Pujol Macià Alavedra, o su mano derecha, Lluís Prenafeta, han confesado por fin que fueron unos chorizos redomados mientras ejercían su acción de gobierno. Da grima recordar cómo estos impresentables arremetían indignados en nombre de la cultura, la nación y la lengua catalanas cada vez que les recordábamos sus excesos en la construcción nacional. Tener constancia del peso y dimensión que tuvieron personajes como estos en la construcción de esta nauseabunda Cataluña que hoy sufrimos es imprescindible para calibrar cuántos delincuentes más hay escondidos tras una sociología catalanista que calla, justifica o incluso glorifica su impostura.

Con el mismo ímpetu depredador, una pléyade de dirigentes del PP de Madrid se pasea por las pantallas de la televisión con el porte de una banda de delincuentes profesionales. No les encabrono con los detalles, las teles los reponen cada segundo. No así con los del oasis. Pero sí les comparo la diferente postura que muestran los ciudadanos frente a ellos en función de dónde son. En Cataluña los medios hacen lo imposible por mitigar el alcance, o incluso por justificar la obscenidad en nombre de los servicios rendidos a la patria. En una palabra, en nombre de Cataluña. ¿Se imaginan ustedes al expresidente de Madrid Ignacio González o al extesorero del PP Luis Bárcenas escudarse en la defensa de España? ¿Se imaginan ustedes a algún medio o periodista español mitigar, modular o justificar la corrupción de estos canallas en nombre de sus servicios a la nación española? ¿Pueden encontrar a un solo ciudadano en Madrid que tenga a alguno de estos sinvergüenzas como modelo de ciudadano español?

Pues en Cataluña se hace. Cada vez con menos descaro, pero se asume el robo como un mal necesario, se procura simular la canallada, pasar pantalla, como dicen los pedantes del procés, en espera de rehabilitarlos. Y esto no se queda en cuatro allegados, detrás hay buena parte de esa Cataluña lírica del derecho a decidir que ha perdido la medida de lo que es un Estado de Derecho, y una justicia para todos.

Esta es la Cataluña étnica, sectaria, fascista, aliada con su tribu como un forofo culé con el Barça. Mal está la corrupción, peor es esta pléyade encubridora cegada por el clan. El pueblo no es inocente per se. Tomar conciencia de ello es un deber cívico de primera magnitud.

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