Apreteu, apreteu! y el Titanic

Antonio Robles

El pasado domingo el defensor del lector de El País, Carlos Yárnoz, se despachaba a gusto contra el articulista de la casa Félix de Azúa. Bajo un título emboscado, "El derecho a opinar sobre los opinadores", dedicó en exclusiva un ataque ad hominem contra el escritor amparándose en un generalista “suscriptores del periódico se sienten agredidos por columnistas habituales como Félix de Azúa”. Con la misma licencia, me permito contradecirle con réplicas que se sienten implicadas en la refriega por cuestionar la libertad de expresión del académico.

De salida, resulta inquietante que la enumeración de ofensas recogidas por el “amanuense” son las dirigidas exclusivamente contra el Gobierno de Pedro Sánchez. De “cuarentona indocta” califica a Adriana Lastra, o de “rancios ideólogos del chavismos del peronismo y del nacionalismo” al actual Gobierno. O los lectores ofendidos son todos hooligans del susodicho, o la propia cabecera del periódico confunde la libertad de expresión con la sumisión a Pedro y Pablo. O aún peor, que lo que de verdad molesta no sea el insulto en sí, sino el irreverente desprecio que el autor muestra ante el Gobierno. Cuando la Iglesia condenó a Galileo, en realidad no le importaba tanto el nuevo orden del universo como la alteración del propio, que ponía en cuestión la inconsistencia en que estaba basado su poder. El propio Azúa lo dice con cierta elegancia encriptada amparándose en los supuestos lectores ofendidos: "Comprendo la irritación de algunos lectores que sólo quieren leer aquellos textos que confirmen sus creencias". Podríamos intercambiar diputados y periodistas y no notaríamos la diferencia, he subrayado más de una vez en Cataluña.

Aunque las nuevas formas de inquisición laica son más empalagosas. David Mejía lo delata sin tapujos en "Quiero la cabeza de Félix de Azúa":

En estos tiempos en que políticos y medios no resisten la tentación de tratarnos como a infantiles catecúmenos, ahora que tratan de evangelizarnos con nuevos oscurantismos, los defensores del lector deberían velar menos por las agresiones a nuestra sensibilidad y más por los insultos a nuestra inteligencia.

Insiste en ello también Irene González en "El País del Titanic" desde El Confidencial: “No se reivindica derecho alguno a la libertad de opinión, sino a ese inexistente derecho a no sentirse ofendido”, cuando, paradójicamente, “se sienten agredidos por las críticas vertidas en un espacio de opinión que ha sido creado para acogerlas, bien sea contra el Gobierno o contra quien corresponda”.

Viene al caso, porque cuando habíamos superado las ofensas por honor, nos habíamos desprendido de la superstición del sacrilegio, y la libertad de expresión y de pensamiento nos habían liberado de dogmatismos y privilegios, de golpe nos han caído encima un sinfín de colectivos victimistas que se sienten ofendidos a conveniencia. En realidad, como ha puntualizado Álvarez de Toledo al respecto, “un ofendidito es en realidad un sectario disfrazado”. Lo recoge Roberto Marbán en Periodista Digital, junto a otros comentarios en defensa de Félix de Azúa, como los de Santiago González, Cristian Campos, o Rafa Latorre (“Jamás dejaría de leer un periódico porque alguien, quien sea, escribiera en él. Sí podría comprar un periódico sólo porque en él escribiera Félix de Azúa”).

Es indudable que demasiados crímenes históricos han sido inducidos por palabras. De hecho, la bala, antes de ser disparada, ha sido pensada y en muchos casos arengada para que masas indignadas cometan las más viles fechorías. Lo cual no quiere decir que el lenguaje per se sea criminal, ni la crítica o la descalificación razonada una invitación a la barbarie. Por el contrario, la libertad de pensamiento y la libertad de expresión han sido un antídoto contra el abuso. Y la irreverencia ante el déspota un saludable requisito para neutralizarle. Acabamos de comprobar la diferencia entre las arengas sostenidas en el tiempo por Donald Trump alentando hordas de conveniencia, el apreteu!, apreteu! de Torra a los CDR antes de arder Barcelona o la intoxicación sistemática de TV3 incitando al odio, con las calificaciones razonadas y puntuales de un lúcido autor que supo predecir la decadencia de Cataluña en las propias páginas de El País en 1982 a través de un artículo inofensivo pero clarividente, "Barcelona es el Titanic". Y sigue...

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