Vence Courtois

Antonio Escohotado

Le habrán dado el MVP del partido a Valverde, pero no tengo resumen fidedigno para lo que hizo esta noche el gigante belga Thibaut Courtois, porque terminar desviando el cañonazo esquinado de Thomas fue solo el último episodio de paradas que no caben en los dedos de una mano, ni quizá en dos. Cuánto me confortó su gesto de rabia tras esa última hazaña, cuando tan acostumbrados estamos a ligarlo con el cumplimiento de rencores y venganzas, y tan sano es allí donde expresa una fuerza laboriosamente conquistada.

"Cumplí el sueño de mi infancia -explicó-, porque vengo de un pueblo pequeño, donde ganar el primer gran título llena a muchos, además de mi familia".

¿Qué tendrá el Madrid, capaz al tiempo de ganar y colmar sueños inmemoriales de cada cual, cuando empezó interesando a mocitas del lugar según el viejo himno? También hay mocitas en Pamplona y Huelva, y los sueños son gratis; pero solo los blancos se hartan de ganar, hasta el extremo de indigestarse con ello –como todo el año pasado-, y encadenan con la de hoy hasta nueve finales victoriosas. Debe tratarse de cierto espíritu insuficientemente investigado, que realimenta el orgullo sin recurrir a agravios imaginarios ni torpezas consentidas, lo bastante tenaz como para renacer de sus cenizas, al que el resto del globo responde con rendida admiración, o con la forma abyecta de lo mismo encarnada por el sentimiento de envidia.

Incluso mirándolo de cara, sigue siendo misterioso porqué le tocó el premio gordo del balompié a Magerit, una villa musulmana sofocada por el tacaño Manzanares, como antes les ocurriera a moradores visigodos e hispano-romanos, donde la escasez de agua encontró su mal menor en la dehesa, que aprovecha la llanura para criar en invierno y pastar al otro lado de la sierra en verano, dando como fruto eventual un semillero de encinas, madera noble como la que más y fuente de nutritivas bellotas. Esta noche, y otras varias, el Real ganó a costa de un equipo que come el mismo jamón nacido de las bellotas, y se lo puso dificilísimo durante fases enteras, tras eliminar de modo heroico a un gran Barça, mientras él hacía lo propio laminando al Valencia.

La capital volvió a repartirse el pastel supremo, a despecho de ser en teoría un secarral propio de saltamontes, pues añade a la encina la ventaja de ser el centro aproximado de la Península, donde estar menos lejos físicamente florece a través de leyendas como el club presidido por Florentino, y un rival de dignidad tan ilimitada como el Atlético. Veremos qué depara su enfrentamiento con el Liverpool, por ejemplo, pues quien acabó perdiendo dos veces por mandar el penalti al mismo palo bien podría reivindicarse a costa de otro grande, quizá el más en forma de los equipos legendarios si prescindimos del Real. Estar a un pelo de ganar es un alto honor, que llama con autoridad a la puerta del triunfo.

A la reciedumbre de sus maneras atribuyo que Kroos e Isco se mantuviesen en un tono menor, que Mendy fuese incluso franqueable en varias ocasiones, que Jovic siga emitiendo señales enturbiadas por ruido, y que Modric sostuviera el tipo sin acertar nunca con pases y disparos. Incluso Valverde cabeceó hacia su propia rodilla, contagiado por la intensidad del choque, y diría que el aficionado está en deuda con la prórroga recién vista, donde en realidad ganaron todos, sin perjuicio de que esta Supercopa incremente la leyenda del equipo más legendario por ahora. Las dehesas rinden más allá de lo previsible, y Madrid sigue copando el candelero, trasladado de la pradera de San Isidro a señal contemplada por todo el planeta. Quién diría que la Castellana iba a disputarle su cuota de audiencia a los Campos Elíseos o a Manhattan.

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