¡Viva la reacción!

Amando de Miguel

Tiene tanto predicamento el progresismo imperante en España que oponerse a él aparece como una maniobra indigna, condenable, en definitiva, facha. El progresismo es el resultado de una auténtica y decidida revolución (o involución) en las costumbres y en las leyes. Se muestra como la culminación de un secular movimiento que prima el hedonismo, el rechazo de principios morales y religiosos, el triunfo de lo mediocre y vulgar, la indigencia intelectual. En definitiva, el progresismo es una de las fuerzas más dañinas de nuestro tiempo. Solo que sabe disfrazarse con piel de cordero para parecer solidario o benéfico. Es la caricatura del progreso.

Es tal la hegemonía progresista en España que logra contagiar también a las fuerzas que podrían pasar por tradicionales, conservadoras o de derechas. Por ejemplo, un partido tan oligárquico y retrógrado como el Partido Nacionalista Vasco se muestra muy satisfecho de aliarse con la izquierda progresista. El Partido Popular y Ciudadanos podrán considerarse a sí mismos como de centro-derecha, pero tragan con la ideología de género (se entiende, el femenino), el feminismo exaltado, la legalización del aborto, la infausta ley de memoria histórica y tantas otras posiciones ideológicas del progresismo imperante. En resumidas cuentas, el sedicente centro-derecha vive acomplejado.

El progresismo que hoy domina solo podrá ser vencido mediante una activísima reacción moral de las fuerzas sociales y políticas. Tiene mala prensa eso de la reacción, lo que demuestra precisamente el predominio de la izquierda progresista. Es lástima que en la esfera de la actividad pública no se haya sabido sacar partido de los sentidos positivos que dan las distintas ciencias a la voz reacción. Véanse estas definiciones: "Acción o cambio producido en un ser vivo como respuesta a un estímulo"; "alteración producida en el organismo por un medicamento o vacuna"; "recuperación de la vitalidad normal después de una bajada"; "acción recíproca de dos o más sustancias químicas que dan lugar a transformaciones en ella".

En la política española la única fuerza con capacidad de reacción, sin complejos, es la minoritaria Vox. Por ejemplo, es la única capaz de enfrentarse al discurso dominante sobre la violencia de género, se entiende, la que se ejerce contra las mujeres y con prescindencia de las otras formas de fuerza ilegítima. Ese confuso sintagma no es más una tapadera para conceder subvenciones y preeminencia a los grupúsculos feministas. De tal forma que oficialmente se consigue el oscurecimiento de la violencia que puedan ejercer las mujeres contra los varones, los niños, los ancianos. Por eso Vox reivindica el planteamiento más generoso de la violencia intrafamiliar, aunque sería mejor llamarla violencia doméstica. No siempre llega al extremo del homicidio; basta con que unos estorben sistemáticamente la vida de los otros dentro de la esfera doméstica, incluyendo la venganza contra los exes (las personas divorciadas). Es una situación muy corriente, aunque de ella no se tenga constancia estadística.

En el rincón de la intelectualidad en lengua española, tan exiguo, destaca la suprema lucidez del colombiano Nicolás Gómez Dávila (Colacho), todo un clásico. Así plantea la cuestión sin pelos en la lengua: "El hombre inteligente llega pronto a conclusiones reaccionarias. Hoy, sin embargo, el consenso universal de los tontos le acobarda. Cuando le interrogan el público, niega ser galileo". Y así define al reaccionario, que buena falta nos haría en España: "El reaccionario no es un señor nostálgico, sino un insobornable juez". Sigue con la metáfora de la judicatura, tan cara a la cultura hispánica: "Los reaccionarios resultamos tediosos adelantando ante un tribunal de indiferentes la rehabilitación de los asesinados". Por ejemplo, en España, las víctimas de Paracuellos al comienzo de la guerra civil. No se trata de que los reaccionarios sean el envés de la izquierda, porque, sigue Colacho, "la izquierda y la derecha tienen firmado, contra el reaccionario, un pacto secreto de agresión perpetua". Asombra que un pensamiento tan lúcido no haya influido más en España. No puede hacerlo, pues la hegemonía progresista resulta apabullante, descorazonadora.

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