Vista a la derecha sin complejos

Amando de Miguel

En buena lógica política, hay que distinguir la legitimidad de origen y la de ejercicio. Un Gobierno se considera genuino cuando llega al poder con los votos necesarios del juego parlamentario. Pero, una vez instalado, redobla su legitimidad cuando gestiona con acierto la cosa pública. Si ese ejercicio del poder no diera la talla de una forma automática, el Gobierno debe someterse a una moción de censura o, antes que eso, sencillamente, tiene que dimitir. En tal caso, lo elegante y sensato es que el presidente del Gobierno convoque elecciones generales. Se podría dedicar, entonces, a pulir su tesis doctoral.

Pues bien, el actual Gobierno (una heteróclita conjunción de mediocres socialistas, comunistas dislocados y separatistas compungidos) no ha podido gestionar peor la pandemia del virus chino. Su incidencia en España es la más alta de Europa, o una de las más altas. La desinformación sobre el particular ha llegado a extremos de ridículo. El dislate es aún mayor respecto a la hecatombe económica subsiguiente. El desmoronamiento del empleo en España es el más agudo de los países occidentales, y eso que la cosa no ha hecho más que empezar.

Así pues, se impone que el Gobierno renuncie al mando, no sin antes pedir perdón de la forma más solemne posible. No entiendo mucho de la técnica parlamentaria, pero el sentido común me dice que sería bueno que el doctor Sánchez cediera los trastos a una especie de Gobierno provisional en un plazo perentorio. Habría que evitar todo lo posible las onerosas campañas de propaganda. Dada la penosa situación sanitaria, los comicios tendrían que descansar en el voto por correo y alguna forma inteligente y segura del voto informático.

Avanzo este presagio: si la consulta electoral la ganara otra vez la conjunción de socialistas, comunistas y separatistas, serían los últimos comicios que iba a haber en España. Sería bueno que las ganara una derecha sin complejos (en el sentido que da a esta expresión Luis del Pino), cosa que, por otra parte, no la veo muy factible. La derecha en España siempre ha estado muy dividida.

Suponiendo un resultado sensato, lo primero que debería impulsar el nuevo Gobierno es un nuevo texto constitucional, pues el actual hace agua por todas partes. En la comisión redactora correspondiente, no tendrían que destacar tanto los abogados o los políticos en ejercicio, como ha sido la costumbre inveterada desde 1812. En contra de esa larga tradición histórica, se impone un texto escueto, susceptible de enmendarse con facilidad. Las normas electorales se pueden dejar para una ley electoral con distintos reglamentos. Si por mí fuera (y conmigo millones de españoles), los partidos políticos deberían responder a un principio elemental: tienen que dejar claro que representan expresamente a todos los españoles. Los que no cumplieran tal condición podrían constituirse como grupos de influencia, sin salirse de la ley.

Se me dirá que me apunto a la tradición de los arbitristas, los que proponían a los reyes de antaño soluciones fantasiosas, taumatúrgicas. Se recuerda, por ejemplo, la que imaginaba hacer navegable el Tajo, con esclusas, desde Lisboa hasta Madrid.

Puede que mi artículo se acomode a la tradición literaria que digo. La prueba por anticipado es que la realidad que me figuro yo no la veré. Pero no por eso voy a dejarla en el tintero.

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