Variaciones sobre el fulanismo

Amando de Miguel

Ya no sabemos hablar sobre ideas, de conceptos, con razones. Solo lo hacemos si nos referimos a nombres y apellidos. Las redes, los medios se montan sobre los protagonistas de tal o cual suceso. Nadie comprueba si lo que se dice públicamente de una persona es auténtico o inventado, justo o sesgado, comprensivo o parcial. Las redes se han convertido en un gran instrumento de comunicación, pero asimismo posibilitan las injurias más mordaces, las tonterías más sublimes.

Los partidos políticos, las empresas, las instituciones no son nada más que los individuos que representan a esas entidades. El deporte ensalza a los triunfadores hasta extremos idolátricos. El juego de la política consiste en el intercambio de declaraciones y desventuras de los jefecillos de los partidos, plataformas, colectivos.

Es tal la cantidad de información que nos llega a todas horas que ya no da tiempo más que para embaular titulares, casi siempre referidos a individuos. Los mensajes a través del móvil o de otros dispositivos telemáticos se reducen a frases escuetas, a menudo insustanciales. El resultado es que la idea que nos formamos de las personas resulta sumamente superficial.

La vida pública se reduce a diálogo, negociación, poner algo encima de la mesa, más que nada como un fin en sí mismo. La política acaba reduciéndose a reunirse. Se trata de intercambiar opiniones entre los actores del drama público, los protagonistas.

Siempre se había creído que la llamada corrupción política se adscribía a las clases acomodadas, a las familias de la oligarquía, a los tipos codiciosos. Ahora sabemos que el clientelismo, el nepotismo, el favoritismo alcanza perfectamente a los círculos de la izquierda. Basta con que toquen poder, aunque solo sea municipal. Pesa más la cultura nacional que la ideología.

Toda la vida de Dios ha habido personas egregias por sus apellidos, sus méritos o su refinamiento. Pero hoy no sé qué pasa, enaltecemos a los mediocres, los vulgares. Quizá sea el correlato del gusto actual por lo extravagante, lo desagradable. No hay más que ver las películas que privan.

Hemos llegado en nuestro tiempo a la apoteosis del insulto. Quien profiere injurias se hace notar, pasa por listo, adquiere nombradía. Suelen ser personas con pocas lecturas. Es la forma negativa de indicar que no interesan las ideas sino las biografías más o menos adulteradas.

Todo lo anterior equivale a lo que Unamuno llamaba "fulanismo". Solo que para el vasco de Salamanca se trataba de algo excepcional y vituperable. Ahora se ha convertido en lo estadísticamente normal, especialmente cuando se disemina a través de las redes.

De poco vale que los súbditos nos creamos ciudadanos y elijamos a nuestros representantes políticos. Luego ellos, aposentados en las gradas del poder, nombran cargos a dedo, expolian el presupuesto y nos fríen a todo tipo de impuestos por decreto.

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