Una población amedrentada

Amando de Miguel

Los que mandan o influyen en todos los órdenes de la vida pública emplean un artilugio invisible para seguir disfrutando de lo que ellos consideran orden social: una población amedrentada. Gracias a tal estado de ánimo colectivo se aguantan toda suerte de injusticias y desigualdades. De esa forma se mantiene el statu quo, que es lo que interesa.

No es que alguien se proponga atemorizar a la población de manera expresa. Simplemente, se reciben con gana todo tipo de presagios desventurados o alarmantes. Siempre es un alivio pensar que a uno de momento no le llegan las desgracias ajenas. Es un efecto parecido al de gozar con las películas de terror.

Uno de los malos augurios es que "se va a acabar la hucha de las pensiones", entre otras razones, porque las inversiones en la Bolsa van cada vez peor. Puede que de momento se cumpla tal triste predicción, pero nadie es capaz de asegurar que la tendencia se mantenga en el tiempo de una manera firme.

Lo anterior se deriva de otra predicción apocalíptica: dentro de una o dos generaciones habrá más viejos que jóvenes y, por tanto, se hundirá el sistema de pensiones. Pero no tiene por qué. Las anticipaciones demográficas no dependen solo del juego de nacidos y fallecidos. Contarán cada vez más los movimientos migratorios. Además, como señalé hace un par de días, cabe redefinir las ideas prevalentes sobre la edad adecuada para trabajar o jubilarse.

La sociedad española se angustia ante las amenazas de unas nuevas plagas bíblicas: la contaminación creciente, las sequías recurrentes (y también las inundaciones), los peligros en todo tipo de alimentos. En lo último se adivina la presencia de una especie de omnisciente y ubicuo doctor Tirteafuera que nos prohíbe el disfrute del condumio cotidiano. Alguien va a salir ganando: el negocio de los alimentos dizque naturales o de granja. Sencillamente, son más caros.

Por si fuera poco, los medios y las redes nos atemorizan con continuas desgracias colectivas: ataques cibernéticos a gran escala, criminales organizados, posibilidad de grandes desastres naturales (terremotos, sunamis, ataques terroristas, huracanes, etc.). Siempre hay alguno en el mundo, pero los medios nos lo ilustran como si nos fuera a tocar a nosotros en cualquier momento.

La seguridad se ha convertido en el gran negocio. Por todas partes medran las empresas de seguros o de alarmas, los vigilantes privados, los expertos informáticos en contener a los jáquers o los virus.

Los continuos consejos de la Administración Pública para que nos vacunemos o evitemos las multas de tráfico nos mantienen en un permanente estado de intimidación.

¿Qué ventajas tiene un público amedrentado? Muchas para los que cortan el bacalao. Una población vagamente atemorizada por tal conjunto de males posibles se hace especialmente sumisa. Por ejemplo, acepta fácilmente las subidas de impuestos, incluso los que resultan confiscatorios. Se tranquiliza con la propaganda de que se recaudan para "gastos sociales".

En su día nuestros antepasados vivían sobrecogidos por la misteriosa presencia de las brujas y los malos espíritus. El equivalente actual proviene de los grupos ecologistas, los animalistas, los piratas informáticos, los violentos de toda laya. Contamos con números de teléfonos especiales para avisar sobre todo tipo de amenazas. Es un alivio, pero el temor aumenta. ¡Atranca la puerta, María!

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