Un estupefaciente vuelco electoral

Amando de Miguel

Como es sabido, el Gobierno convocó las nuevas elecciones generales para el 10 de noviembre en vista del fracaso de las anteriores. Ya es triste tal reiteración. El fracaso se debió a que el PSOE no había alcanzado la mayoría absoluta y se resistía a aliarse con su aliado natural, Unidas Podemos. El rechazo tiene su lógica. No es fácil imaginar que los eventuales ministros y ministras de Unidas Podemos fueran a mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros.

El doctor Sánchez calculó que, con la nueva oportunidad de unos nuevos comicios, podría alcanzar la mayoría absoluta y así sería posible formar Gobierno con comodidad. Los comentaristas del momento anticiparon que los nuevos comicios arrojarían una participación mínima.

Ha pasado poco tiempo y las previsiones que ahora se hacen son muy otras. Es muy posible que la participación electoral sea bastante elevada. La opinión pública se muestra alterada con dos sucesos recientes de muy distinta significación, pero ambos sin precedentes. Me refiero al espectacular desentierro de Franco y a la rebelión callejera de Cataluña. Lo más probable es que el PSOE se quede más o menos como estaba y, por tanto, de nuevo le sea difícil gobernar en solitario. En cuyo caso, la única forma para formar Gobierno es que el PSOE pacte con otro partido. Si lo hace con Más País (Errejón) seguiría muy lejos de la mayoría absoluta. Tampoco la podría conseguir aliándose con Unidas Podemos, que además aparece muy resentido. A esas operaciones con la siniestra dislocada se opondrían los poderes económicos y, lo que importa más, el sentido común. Así que solo cabe que el doctor Sánchez se alíe con el licenciado Rivera (Ciudadanos) para repartirse la gobernación del Estado, vaya usted a saber cómo. La única pega es que ambos actores se odian a muerte. Además, el caudal de votos que puede recibir Ciudadanos va a menos. Lejos queda la pretensión de Rivera de encabezar las fuerzas de la derecha, en las que descuellan cada vez más los otros dos componentes: el PP y Vox.

Cabría la posibilidad de una especie de compromiso histórico por el que el PSOE y el PP se aliaran para formar Gobierno. Pero sería algo tan cómico como el episodio del sabio griego Crisipo de Solo, que se partió de risa al ver cómo el burro comía higos.

Después de los vandálicos sucesos de Cataluña, se descarta la posibilidad de que el PSOE pueda gobernar del bracete con Esquerra Republicana de Catalunya, si bien ese extraño maridaje era hasta ahora el más probable.

Cabría otra posibilidad in extremis: que las tres derechas (PP, Ciudadanos y Vox) se agruparan para gobernar, suponiendo que consiguieran los votos necesarios. Teóricamente sería los más sensato, pero en la práctica el PP y sobre todo Ciudadanos no toleran a Vox, más que nada porque les quita votos a raudales. Por otra parte, Vox, cada vez con mayor apoyo de la población, se sitúa en frente de todos los demás partidos.

La conclusión de este galimatías es que los españoles van a asistir al espectáculo de un estupefaciente vuelco electoral. Es decir, no cabe una solución de Gobierno que sea mínimamente hacedera. Encima, el Gobierno resultante tendrá que enfrentarse con una nueva crisis económica, lo que obligará a un gran recorte del gasto público. Pero esa es otra historia, quizá la más verdadera.

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