Tiempos de transversalidad

Amando de Miguel

Es sabido que la lengua castellana es pródiga en adjetivos coloristas y pobre en nombres abstractos. Algunos de estos últimos se cuelan entre nosotros como importaciones más o menos fraudulentas. Al ser raros y sonoros, en seguida se ponen de moda y los políticos a la violeta los cultivan con desenvoltura. Uno de esos vagarosos términos es transversalidad. Viene de la mano de otros parientes, como pluralidad o multilateralidad. Poseen el atractivo de la indefinición y el encanto de los polisílabos. Es la misma razón por la que ya no se apela al cumplimiento de la ley sino al de la legalidad. Abstrae, que algo queda. La idea es aparentar que uno es culto.

No es casual que la transversalidad sea afín con la transexualidad, otro palabro en boga. En ambos casos se persigue la ambigüedad y, hasta si se tercia, la promiscuidad. Son los nuevos valores en alza. Puestos a abstraer, todo vale. Es decir, se mezclan churras con merinas, precisamente porque los urbanícolas (ahora dicen "urbanitas") somos incapaces de distinguir los dos tipos de ovejas, las de lana y las de carne. Una disposición muy apreciada en nuestro tiempo convulso es la de manejar imágenes borrosas. Por ejemplo, ahora ya nada es "difícil" o "laborioso", sino "complicado".

Tal predicamento merece la transversalidad que se ha llegado a tipificar el delito de odio para los que ven con desagrado a las personas que cambian bonitamente de sexo. Por cierto, eso de penalizar un sentimiento, como el odio, suena a algo totalitario, pero nadie hace ascos a tal parentesco. Dios quiera que no acabemos castigando las opiniones que no gustan a los que mandan.

Un dato. En la Alemania actual el Registro Civil establece que un recién nacido se puede inscribir como varón, mujer u otros. Pronto llegará la innovación de las tres casillas a lo que quede de España. Será delito de odio sexista la consideración de que solo hay dos sexos. Habrá que alterar los rótulos de los lavabos públicos.

Por no generalizar demasiado, aduzco una ilustración reciente. El primer secretario de los socialistas catalanes se proclama adicto a la transversalidad al incluir en la lista de candidatos electorales a un democristiano y a un comunista. Visto así, más parece un ejemplo del socialismo que cultivaba el venerable Cuadernos para el Diálogo. Habrá que ver lo que pensará el segundo secretario. ¿Será igual de redicho, oblicuo y ambiguo que el primero? Estos socialistas catalanes siempre fueron un tanto raritos. Confieso que en su día yo los voté, por lo mismo que colaboré con gusto en la meritoria revista del inefable don Joaquín.

A lo largo de la larga cuarentena del franquismo todo tendía hacia la línea vertical, desde los llamados sindicatos hasta la consideración jerárquica del mando. Ese esquema geométrico se transmutó en los siguientes 40 años con el cultivo de las sedicentes autonomías o de los verdaderos sindicatos más o menos de clase. Se pasaba al dominio de lo horizontal. Hasta que todo se vino abajo en nuestros días traumáticos. Ahora lo que priva es la mezcolanza, lo transversal. Los partidos políticos de nuevo cuño no se dirigen ya al pueblo, a la parte de él que comulga con ciertos principios, sino a la gente amorfa e indiferenciada. La transversalidad supone que está bien parecer lo que no es, manifestar ideas que se suponen características del adversario político. Hay que parecer tolerante, aunque sea a costa de no dejar claros los principios de uno.

Un ejemplo reciente de transversalidad. A lomos del famoso artículo 155, el Gobierno del PP se hace cargo de la gestión de la Generalidad catalana para corregir algunos de sus desafueros. Habría sido una excelente ocasión para remediar el delito que supuso robar una parte del Archivo de Salamanca, y no solo de los papeles que se referían a Cataluña sino a Valencia o a las Baleares. Pues bien, esa corrección no se ha producido. El Gobierno del PP no se ha atrevido a enfrentarse con el nuevo espíritu de la transversalidad. Así pues, ha dado por bueno el expolio del Archivo que perpetró en su día la Generalidad catalana, que más bien debería ser Particularidad.

La gran paradoja es que los deseos generales de transversalidad no llevan a la preeminencia de partidos políticos generalistas o verdaderamente nacionales. Antes bien, se consolidan nuevas formaciones políticas de muy corto alcance, con objetivos especializados. Todos parecen aspirar a un electorado difuso, incluso a una hipotética mayoría silenciosa o silenciada. Es lo que se llama ahora "populismo", pero sin que aparezca el pueblo por ninguna parte. Por ese lado, la verdadera personificación de la transversalidad se llama Ada Colau, de profesión activista. Es tal su ambigüedad, su incompetencia y sus ansias de poltrona que llegará a ser la mandamás de la cosa catalana, sea república, autonomía privilegiada u otro equivalente.

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