Sobre la ironía

Amando de Miguel

La eironeía griega equivalía a una pregunta que se hacía para fingir ignorancia y de esa forma confundir al interlocutor. Era un recurso típico de los diálogos socráticos, es decir, de Platón. Federico Jiménez Losantos utiliza esa técnica dialéctica con la pregunta en forma de "¿Cómo que…?". De esa forma, repitiendo una declaración de alguien con esa introducción a modo de pregunta, queda patente el ridículo. De modo más general, la ironía es simplemente un tono burlón que juega con las palabras. Se puede llegar al sarcasmo o a la acrimonia. Quevedo fue el maestro, y eso que escribía con censura. De los contemporáneos bueno será recordar al maestro Jaime Campmany.

José Ramón Álvarez me pregunta, extrañado, por qué escribo "dicho lo cuyo". Hombre, era una pequeña chanza sin malicia. ¡Qué difícil es la ironía por escrito! La frase completa es un juego de palabras: "Dicho lo cuyo, me callo" (pronunciado "cayo"). Supongo que el vulgar pareado venía a ser una gracieta de los seminaristas. No tiene mayor importancia. Pido perdón si el juego ha resultado confuso.

El ínclito A. Rodríguez razona que el très (= muy) del francés nada tiene que ver con el número tres. Es evidente. Nadie había dicho lo contrario. Era solo una sutil sincronicidad, si se me permite el palabro que tanto me gusta. Las personas que emplean la ironía como un recurso usual muchas veces reconocen mal ese mismo sentido en los demás. A mí me pasa con frecuencia, dado como soy al sarcasmo.

En los mensajes de las redes sociales es corriente transmitir comentarios irónicos. No es fácil. Se puede recurrir a emoticones, a interjecciones (ja, ja, ja), a signos repetidos (¿?, ¡¡), a letras que se multiplican ("aaamor"). No me parece que sean recursos felices. La ironía o el humor son tonos lícitos y convenientes en los escritos amistosos, pero, a ser posible, deben expresarse con frases cabales. Uno de los efectos imprevistos del tono mordaz en las redes sociales es que se presta a confusión e incluso a malentendidos y enfados. La explicación está en que por escrito no se transmiten gestos, los que se llama lenguaje corporal. Una misma voz en la comunicación verbal admite varios matices según la música y los gestos. En el escrito queda plana. Lo malo es que, como decían los clásicos, "los escritos permanecen".

A propósito de la ironía que se puede acompañar de gestos y juegos de palabras, les contaré una historia verídica. Es sabido que el gremio de los taxistas es una fuente muy socorrida para los sociólogos y los periodistas. Este es un taxista madrileño muy castizo que hace días tuvo la fortuna de hacer un servicio a uno de los diputados más vocales de Esquerra Republicana de Cataluña. Su señoría entro en el taxi como una tromba y ordenó: "Al aeropuerto; tengo mucha prisa". El taxista arrancó con toda parsimonia y a la vez encendió un pitillo. El diputado le gritó: "Pero ¿qué hace usted, bandarra? ¿No sabe que está prohibido fumar en un taxi?". El taxista aspiró una calada larga y replicó con ese tono pausado del lenguaje madrileño: "Le participo que este taxi es mío y hago lo que me da la gana. Tengo el derecho a decidir. Y lo de las prohibiciones, hago como ustedes, me las paso por el arco del triunfo". No sé cómo terminó el incidente. El taxista no me dio más información. La historia me la contó a propósito de su comentario sobre los tipos tan extraños que a veces utilizan los taxis. Hay más ilustraciones, pero por hoy las dejaremos descansar.

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