Ser profeta en la tierra de uno

Amando de Miguel

El motivo principal por el que uno se esfuerza es para que lo reconozcan los cercanos. Aduciré un caso personal, a riesgo de pecar de vanidoso. No parece un vicio mayor y puede ilustrar muchos otros sucesos de naturaleza pública.

Resulta que me acaban de nombrar embajador de Zamora (mi tierra de nación) para el año que sigue. Antes lo han sido algunos prestigiosos periodistas. Es un cargo puramente honorífico establecido por la diputación de la provincia como parte de una serie de premios concedidos a diversas actividades en pro de las Tierras de Zamora.

No se trata de abrir embajadas, como hacen los nacionalistas catalanes. Antes bien, es solo una conducta altruista y simpática para dar a conocer al mundo las buenas cosas de una tierra tan abandonada como Zamora. No es broma, en los partes meteorológicos, pocas veces verán ustedes referencias al clima de Zamora, y sí muchas a los meteoros de las Baleares o de la cornisa cantábrica.

Recuerdo que la palabra embajada se corresponde con otra más antigua que alude a la idea de "encargo, cometido, misión". Así pues, este premio no es tanto a lo hecho como a lo que hay que hacer. En la convocatoria de los premios citados se alude a la voz tierras. Es muy común en Zamora, donde no somos país ni nación. Está bien traída la noción de tierra. Mi pueblo de nación (Pereruela) se sitúa en la Tierra del Pan. Sus habitantes más emprendedores se han dedicado siempre a los alfares, a fabricar cacharros de barro, que ahora exportan a todo el mundo. Nada más telúrico. Dios creó al primer hombre a partir de la tierra o el barro, que en hebreo se dice "adán".

Zamora ha sido siempre una tierra de emigrantes. Hay una verdadera diáspora zamorana, un poco como la de los judíos. Precisamente, a partir de la persecución de los sefardíes en el siglo XV, muchos de ellos se refugiaron en los pueblos zamoranos que lindan con la raya portuguesa. Da la casualidad de que la edición de los premios Tierra de Zamora de este año se ha realizado brillantemente en Villardeciervos (comarca sanabresa). Es uno de esos pueblos donde se refugiaron muchos judíos. Por citar un caso próximo, en él nació mi abuela, Gumersinada Prieto. Ese apellido, al igual que los de nombres propios (Miguel, Martín, Alonso, Mateos, etc.), representa el de los judíos sefardíes que se convirtieron al cristianismo y se refugiaron en Zamora hace 500 años. Esas son las cosas de la auténtica memoria histórica que nos une a los españoles. La pertenencia a una unidad territorial debe incluir también a los antepasados. Hora es ya de reivindicar el hecho de que en España se asentaron más judíos que en ningún otro país de Europa Occidental.

Cuesta mucho que le reconozcan a uno los cercanos. Eso es así especialmente en un país dominado por la envidia, como es nuestra querida España. Por eso mismo destaco este último feliz episodio de mi asendereado currículum. Vanidad de vanidades, se dirá con el Eclesiastés. Razón hay.

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