Psicopatología de la vida política

Amando de Miguel

Con el advenimiento de la Edad Moderna se arbitró la necesidad de internar a los locos. A todos pareció un avance de racionalidad. También es cierto que se siguió quemando en la hoguera a algunos pobres dementes, especialmente mujeres. Pero esa es otra historia.

Nuestro tiempo progresista ha decidido que ya no hay lugar para internar de por vida a los enfermos mentales en manicomios u otras instituciones parecidas. Se estima como una conquista de la igualdad que los orates anden por la calle y hasta lleguen a altos puestos de dignidad social. Todo en aras de la igualdad de oportunidades.

La realidad es que nos encontramos con dirigentes políticos que seguramente son psicópatas y no sabemos qué hacer con ellos. Puede que sus síntomas no parezcan graves, pero preocupa que personas con evidentes trastornos mentales puedan situarse al frente de puestos de gran personalidad. Supongo que a los aspirantes a bomberos se les hace alguna prueba para descartar los individuos con alguna manía, por ejemplo, a los pirómanos. Por lo mismo, sería útil que a los candidatos a altos cargos políticos se les hiciera algún test para certificar que no son pródigos. Asunto no menor es el de los políticos con un grado de narcisismo patológico. También lo pueden compartir ciertos futbolistas, pero en ese caso no hay peligro de daño social. La ecuanimidad que debe exigirse a un político se apoya en el argumento de que maneja nuestro dinero, el de todos. Con las cosas de comer no se juega.

No soy psicoterapeuta ni nada por el estilo, pero me da que ciertos políticos manifiestan algunas perturbaciones de su conducta. A ver si no lo es la actitud de anhelar el poder a toda costa. Asusta ver a un tipo pícnico manoteando y vociferando como enajenado: "¡Líbranos de la derecha, Pedro!". No se refiere al apóstol.

Uno puede escribir que tal personaje ha tenido un ictus o que se halla tramitando un cáncer. Ya nadie es culpable de sus enfermedades. Pero todavía queda un resto del remoto pasado por lo que respecta a las enfermedades mentales. Sería fácil poner ejemplos de altas personalidades de la política sumamente estrambóticas en el vestir o el decir. Pero se consideraría una injuria decir que son desequilibradas, esquizofrénicas, paranoicas, megalómanas o simplemente imbéciles. Me opongo a que tales categorías patológicas sean insultos.

Es un lugar común criticar la incapacidad de nuestros políticos para formar Gobierno después de un plazo razonable. ¿No se podría pensar que alguno de ellos padeciera cierto tipo de perturbación mental? La pasión desmedida por llegar al poder, de asaltarlo, puede constituir una idea fija que desplace a todas las demás.

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