Políticos ameritados

Amando de Miguel

Ya sé que los olmos tienen las hojas parecidas a las de los perales, pero no dan peras. Nuestra sociedad, mal que bien, va viendo instalado el principio del mérito para seleccionar los puestos de altos funcionarios o de directivos empresariales. Pero no cuaja mucho para recompensar el ascenso en la estructura de los partidos políticos.

En el mundo de la empresa está claro que ya no se asciende solo por el apellido o el capital. Cuenta cada vez más el esfuerzo personal para hacerse un nombre a través de los estudios, los viajes, la experiencia. Por ejemplo, se impone el currículum de las dos carreras (Derecho y Empresariales) y los dos o tres idiomas. Todo eso está muy bien, pero ¿por qué no cunde algo parecido en la selección de los puestos políticos?

Es un misterio averiguar por qué se medra dentro de un partido político. ¿Es el físico? Hombre, Rajoy, Junqueras o Aznar no son precisamente modelos publicitarios. ¿La inteligencia? No quiero desmerecer a nadie, pero un Zapatero no podría pasar por sabio ni nada por el estilo. ¿Cultura? No creo que Felipe González pueda ser considerado como un hombre mínimamente culto. ¿Oratoria? Jordi Pujol no representa precisamente un pico de oro en ningún idioma.

Siempre se puede apelar al dichoso carisma, pero se trata de una cualidad que solo se detecta después de haber ascendido a las cumbres del poder. Además, no es de fácil determinación empírica. Es una voz religiosa que significa "gracia" o "regalo" (de la divinidad). En la práctica se podría traducir por cualidades telegénicas, pero se consiguen con la práctica.

Son otras las cualidades que caracterizan a los políticos que triunfan. En sí mismas no son siempre muy apreciadas. Por ejemplo, el aguante, una especie de resiliencia para resistir con ganas los ataques de los contrincantes y sobre todo los de los correligionarios. Porque se trata de una competición feroz. Muchos son los llamados y pocos los elegidos.

Una virtud complementaria es la de saber prescindir de la familia o los amigos, algo que parece contra natura. Lo es, en efecto, pero el político que tenga deseos de medrar deberá salirse del círculo íntimo. Cuanto más arriba, más soledad. Es la natural compensación de las delicias del poder. Solo en las dictaduras deja de cumplirse la condición que digo, pero no es precisamente un modelo.

En España y en todas partes es el aparato del partido el que sirve de verdadera rampa de lanzamiento para el ascenso de los políticos. Por tanto, quien quiera triunfar debe ser fiel al partido, sin veleidades individualistas, sin pretender originalidades. La fidelidad política es una mezcla de disciplina y de mediocridad.

En cuestiones de oratoria dejémonos de tonterías. Los políticos que destacan no lo son por sus cualidades para componer o emitir discursos brillantes. Antes bien, se distinguen por manejar con soltura lugares comunes. Hay trucos para que no lo parezcan. Por ejemplo, enfatizar ciertas palabras, colocar el acento en la primera sílaba, gesticular bien. Para ser alguien en política hay que aprender a ser un don nadie.

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