Partidos y partidas en las Cortes

Amando de Miguel

La Constitución nos señala el deber del pluralismo político, en la representación popular de las Cortes, por medio de los imprescindibles partidos políticos. Como es natural, la Carta Magna no nos dice cómo ha de organizarse esa estructura, ni mucho menos, cómo puede evolucionar. Todo eso depende de la coyuntura política, basada en la expresión de la opinión pública y, en definitiva, en la libertad. Son los principios a los que me acojo para echar mi cuarto a espadas sobre el particular.

El fallo estructural del sistema de partidos, en la España actual, es que no todos son tales, si aplicamos un juicio estricto y desapasionado, que se deriva del sentido común Por definición democrática, un partido político debe intentar la representación de todos los españoles, naturalmente, dentro de su particular ideología. Pues bien, hay algunos, muy decisivos para la gobernación del país, que no aspiran a cumplir tal condición. Antes bien, en su misma denominación, se proponen representar a, solo, una parte territorial de la nación española, una región o, incluso, una provincia. Puede que una fragmentación, así, tenga un pase en otras democracias; pero, en la atribulada España, hay que ser algo más rigurosos. No se trata de una anécdota, de algo superficial, sino que va en la misma esencia de la competición política. La prueba es que, en los últimos lustros de democracia, esos partidos regionalistas han sido la clave para lograr las mayorías necesarias, que han de gobernar. Es una contradicción tal que, más bien, habría que denominarlos "partidas", y no es un uso derivado de ese coñazo del "lenguaje inclusivo". Me acojo al sentido histórico de una asociación con una finalidad no muy legítima. En efecto, esa etiqueta habría que dársela al propósito de secesión política o, al menos, a disfrutar de ciertos privilegios, sin comulgar con los símbolos de la nación española.

Con todo, seamos realistas, por lo mismo que hay que negociar con el Gobierno de los talibán afganos. Sean partidos o partidas, se sientan en los escaños de las Cortes. Ahora bien, eso no quiere decir que la estructura de los partidos y partidas sea, siempre, la misma. Ahí, reside el interés de lo que llamamos evolución política.

En la práctica política, se reconoce que el Gobierno debe oscilar del PSOE, como expresión de la izquierda, al PP, como heredero de la derecha. Es decir, nos encontramos ante una especie de bipartidismo de facto, como en tantas otras democracias. Pero, se trata de una realidad viva, cambiante. El PSOE, para gobernar, necesita asociarse con la izquierda más radical (Unidas Podemos), vagamente comunista, aunque, en el sentido latinoamericano, y con algunas de las "partidas" territoriales, resueltamente, secesionistas. Todos ellos forman un bloque, sedicentemente, "progresista", el equivalente del Frente Popular de la República. El PP tampoco podría gobernar en solitario; necesita a un nuevo partido: Vox.

Las cosas evolucionan del siguiente modo. El PP mantiene una posición un tanto ambigua. Cuando llega al poder, no puede menos de aceptar las reformas que han hecho los "progresistas". Nada hace suponer que, aposentado en el Gobierno, vaya a recular de esa tendencia. Así pues, no es que no pueda gobernar en solitario, sino que necesita el apoyo de Vox, al que no puede ver ni en pintura, como hijo rebelde que es. Cabe una salida, que el PP sea dirigido por Ayuso, que sí ha sabido congeniar con Vox, aunque sea a regañadientes. Si esa sustitución no se consigue, el PP retrocederá en número de votos y, lógicamente, ascenderá Vox, como la derecha más nítida. Así pues, o el PP cambia, radicalmente, o Vox ocupará su lugar y gobernará.

En la izquierda (o el progresismo), la situación es, también, bastante inestable. El PSOE no podrá aceptar, hasta el final, las presiones de sus conmilitones. Es decir, no podrá caminar hacia el comunismo latinoamericano (pues estamos en Europa), ni será capaz de aceptar el secesionismo de vascos y catalanes. Por tanto, dejará de gobernar.

Este es el panorama que nos espera. No va a gustar a todo el mundo. Queda por decir que el ascenso de Vox ha sido tan espectacular que se expone a un serio peligro. En sus filas, se van a introducir falsos militantes y dirigentes locales; su intención es la de dinamitarlo por dentro. Supondría un beneficio tanto para el PP como para el PSOE. Al tiempo.

A continuación