((Partidos y partidas))

Amando de Miguel

Es cosa sabida que la clave de la democracia contemporánea reside en el constante juego de ideologías que significan los partidos políticos al competir pacíficamente por el poder. El uso ha determinado que las ideologías abarquen muchos aspectos de la convivencia, de la preocupación pública. Mas todo degenera, no solo esa contradicción que significa el partido único. En nuestros días se presenta otra forma de degradación del concepto. Se asocia más con la partida, como "conjunto de gente armada que lucha en rebeldía o se dedica a cometer fechorías", según María Moliner. De momento, las armas pueden ser solo dialécticas.

En España y en otros países europeos, junto a los partidos así llamados, empiezan a figurar diversas asociaciones políticas que compiten en las elecciones, pero que son otra cosa. Podrían ser partidas, movimientos o grupos de presión. Esa otra identidad se les nota porque les repugna la palabra partido y acuden a expresiones variopintas. Ejemplos: Alternativa para Alemania, Podemos, Verdes, Junts pel Si, Plataformas para (distintos nombres), Frente Nacional, Amanecer Dorado, Liga Norte, Vox, Catalunya si que es Pot, Movimiento Cinco Estrellas, Independientes de (distintos nombres), Coordinadora de Unidad Popular (CUP), Herri Batasuna, Nueva Canarias, etc. La lista en Europa se haría interminable. El conjunto parece heteróclito, pero todos ellos acusan un denominador común: la desconfianza del sistema tradicional de partidos. Por algo será.

Dado que estos nuevos movimientos rompen el esquema clásico de partidos, se les suele clasificar como de extrema derecha, de extrema izquierda o independientes. Ese criterio taxonómico no sirve de mucho, al meterlos en una especie de cajón de sastre, muchas veces con contenidos opuestos. Más verosímil sería considerarlos como partidas en el sentido de que pretenden acabar con los partidos tradicionales, considerados como burgueses, corruptos, oligárquicos o decadentes. El que se perciban como de derechas o de izquierdas es lo de menos.

No hay por qué descalificar de entrada el nuevo fenómeno. Si se prodiga tanto es porque los partidos tradicionales languidecen, pierden atractivo, especialmente para los jóvenes. El mundo político se ha hecho tan complejo que surgen por doquier los más diversos grupos con la misión de reconfigurar la participación política. Frente al cansancio que provocan las viejas siglas, se alzan ahora las plataformas o movimientos que pretenden entender la democracia de otra forma. Su aire combativo se expresa a través de objetivos concretos y polarizados. Sean, por ejemplo, expulsar a los inmigrantes extranjeros (siempre que sean pobres, claro está), defender a los animales o independizar un territorio. De ahí que, como digo, más que partidos, parezcan partidas o grupos de presión. Aunque se valgan de los cauces representativos normales, les gusta apelar directamente al pueblo, la gente. De ahí que muchos de ellos pasen por experimentos populistas. Como se trata de llamar la atención, sus dirigentes suelen vestirse o presentarse a veces con atuendos o tocados poco convencionales. Es una forma de que los medios les hagan caso.

De generalizarse aún más el nuevo fenómeno, la democracia perderá su atractivo tradicional, y con ella los partidos de siempre. El peligro ya se ha visto muchas veces: la salida hacia regímenes autoritarios o incluso totalitarios. La esperanza quizá sea que estas nuevas apariciones políticas sirvan para que los viejos partidos se reconstituyan, se pongan al día. Es mucho suponer.

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