Nuestro mundo no es de este reino

Amando de Miguel

Oficialmente, son muchos los españoles satisfechos con el tipo de vida pública que tienen que sufragar. No les importa gran cosa que suban los impuestos, entre otras razones, porque no siempre se llaman “impuestos”. Llegan a creer que son justos unos miserables tributos como el IBI (= pagar por utilizar la casa de uno) o los impuestos de sucesiones (= pagar por recibir la herencia familiar). Ya nadie se acuerda de que en la Edad Media se inventó la democracia para forzar al Rey a consultar con los estamentos libres para decretar impuestos. Ahora son muchas las autoridades que pueden establecer impuestos, tasas, contribuciones, licencias, precios políticos, tarifas, etc. con total discrecionalidad.

Aun suponiendo una queja latente contra los tributos que nos cobran, siempre queda la alternativa del fútbol. He ahí una droga perfectamente administrada cada día por todos los medios. La crítica apasionada de tantos futboleros desplaza la que podría dirigirse contra los políticos o los señores del dinero. Visto así, el fútbol es la gran institución que beneficia a los que mandan. La relación se descubrió ya en los tiempos del Imperio Romano. Ahora se ha sofisticado mucho. El fútbol es solo una parte de la más amplia cultura del espectáculo. En ella destaca el dominio de la izquierda, aunque gobierne un partido de derechas.

Somos muchos los contribuyentes que nos sentimos enajenados de la vida pública, sea la política o el fútbol. Con ambos intereses y sus correspondientes epónimos se llenan los medios. En ellos queda poco espacio para las piezas de pensamiento, de cultura, de moral, que pudieran resultar atractivas.

Si al menos en España fuera rica la tradición de la vida particular, la cosa quedaría compensada. Pero en ese reducto íntimo es corriente la envidia, predomina la mediocridad y se enaltece el mal gusto.

El hecho lamentable es la progresiva (y progresista) evaporación de valores como familia, creatividad o esfuerzo, que tanto destacaron en las anteriores generaciones. Ahora la codicia manda sobre cualquiera otra consideración. Más que ser rico, lo que se aprecia es hacerse uno rico. No importan mucho los caminos por los que se llega a esa meta. Es más, el sueño más común es conseguir la riqueza sin tener que trabajar mucho. La lotería y otros juegos de azar son la expresión más cab de un deseo tan general.

Con todo, siempre existe la posibilidad de aislarse en algunos recintos privilegiados. La persona exigente puede inventarse un estrecho círculo de lugares y compañías donde pueda evitar el ambiente pestífero del mundo exterior. Tampoco tiene por qué equivaler a un individualismo radical. Simplemente, ante la idiocia de la vida pública, algunos se preparan un reducto privado para llenar una vida interesante. Es un alivio; por todas partes asistimos al reverdecer de encuentros privados en torno a la práctica deportiva, al gusto de ciertos ocios, a movimientos de espiritualidad, a reuniones mil, a viajes en grupo, etc. En definitiva, degenerada como está la vida pública, se animan, como compensación, pequeños mundos privados.

La retirada al mundo privado de muchas personas hace todavía más irresponsable el conjunto de los que mandan. Teóricamente, si un político yerra, perderá las siguientes elecciones. Pero el mecanismo no es tan automático como parece. Primero, porque nadie asegura que el nuevo político que asciende al poder vaya a evitar los yerros del anterior. Segundo, porque la esencia de nuestro sistema electoral no nos permite votar a los candidatos de nuestra elección. Simplemente, votamos “listas” impresas, que han sido decididas fuera de cualquier control democrático. No parece un reino muy apasionante.

A continuación