Minuta para una conferencia de prensa

Amando de Miguel

Más que una conferencia de prensa fue un discurso inaugural, urbi et orbi, el que concedió Pedro Sánchez al ser encargado por el Rey para formar Gobierno. El pívot se veía ya ungido con la gracia del poder.

Sánchez nos impuso la política del cinismo, lo que elegantemente se podría llamar maquiavelismo. Por ejemplo, al enfatizar "no quiero vetos". La muletilla la ha repetido después todos los días. Pero su penoso ascenso al podio de la candidatura se ha basado en el veto obsesivo que ha puesto al PP. Se comprende. De otra forma, tendría que haber accedido a la alianza más natural de un trípode constituido por PP, PSOE y C's, por orden de número de escaños. En ese caso Sánchez tendría que ser vicepresidente de Rajoy, a quien odia profundamente. Por eso pretende el imposible Gobierno con C's y Podemos. Si se llegara a tal engendro, C's se licuaría y Podemos fagocitaría al PSOE. No importa, Sánchez tendría su retrato colgado en los pasillos del Congreso.

La conferencia de prensa que digo significa el fin de la Transición y el orto del nuevo régimen. Es un buen pretexto para revisar una institución tan necesaria en la práctica democrática. Debe destacarse la corruptela de que el político que se somete a las preguntas de los periodistas deje de contestarlas. En lugar de ello, lo que hizo Sánchez fue ampliar todavía más el discurso inaugural. El remedio es muy fácil. Los periodistas deben formular solo una pregunta cada uno, pero con derecho a repreguntar si el político se fuera por los cerros de Úbeda. La práctica de hacer dos preguntas facilita que el conferenciante no conteste a ninguna.

En el caso que nos ocupa ningún periodista le planteó la cuestión fundamental: "¿Cómo es que está usted tan seguro de ser presidente del Gobierno si, después de 40 días, no ha empezado a negociar con los otros partidos?". En el caso de contestar que sí había empezado a negociar, la repregunta podría haber sido: "¿Por qué no nos lo ha dicho?".

Claro que la pregunta decisiva habría sido: "¿No se percata usted de que la coalición con Podemos traerá consigo el desmoronamiento del PSOE?". Supongo que es el aviso que le han dado los eméritos del partido.

Ante el alarde de fe democrática que supone la famosa consulta a las bases, la pregunta automática sería: "¿Cómo puede haber una consulta democrática sin un censo público de votantes, sin voto secreto, sin control por parte de personas neutrales?". La misma duda cabe para las llamadas primarias, que bien secundarias me parecen.

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