Los que mandan

Amando de Miguel

Prefiero la perífrasis de "los que mandan" a la escueta de "elite" o "élite", un tanto cursi. No me refiero a las minorías rectoras en general, sino a las personas que se sitúan en las gradas de la pirámide del poder político.

El poder político es algo tan prosaico como el privilegio de participar en las decisiones de gastar el dinero atesorado por el Fisco. En el bien entendido de que "el que reparte se lleva la mejor parte", aunque solo sea simbólicamente.

La gran discriminación de nuestra sociedad es la que distingue a los que mandan de todos los demás. Reconozcamos que hay personas que parecen nacidas para mandar con una cierta predeterminación. Un ejemplo, en la España contemporánea, puede ser la estirpe de los Maura, cuyo apellido lo han llevado personas poderosas en distintos (y aun opuestos) regímenes. O más modestamente, Manuel Fraga, que fue de todo (menos presidente de Gobierno, cargo para el que se creía predestinado) en el sistema de poder del franquismo y en el de la democracia.

Los que mandan se consideran a sí mismos "con sentido de Estado", aunque se trata de una cualidad que se determina a posteriori, después de haber llegado a la escala de mando. Pasa algo parecido con el misterioso "carisma".

La tarea principal que distingue a los que mandan (y ya a los que van a mandar) es la de hablar con muchas personas, y no solo las de su cuerda. El intenso ajetreo se concreta en solicitar y otorgar favores. No es una ocupación cómoda, por lo reiterativa. Para suavizarla, se suele hacer a mesa y mantel o compartiendo privilegiadas actividades de ocio.

La ambición de mandar en el círculo del poder político es algo así como la fiebre del oro: muchos desean mandar, pero pocos, contados, ascienden hasta la cúspide. Por eso mismo, la continua competición para llegar al olimpo de los altos cargos (coche oficial) puede hacerse bastante inclemente. Pero sarna con gusto, no pica.

La relación del poder con el dinero es bifronte. No basta con pertenecer de entrada a la cofradía de los ricos, incluso con sonoros apellidos, para ingresar en la taifa de los poderosos. Desde luego, contar con dinero de familia (por patrimonio o por matrimonio) es un buen fundamento para mandar en política. Pero la conexión no se produce si no salta la chispa del "impulso de mandar" (need for power), que es un factor de personalidad, algo así como una vocación. Los que mandan suelen aprender a hacer dinero con facilidad. Al menos, se relacionan, intensamente, con los ricos, sus símbolos y estilos de vida. Son artes de difícil dominio, que proporcionan grandes satisfacciones. Es lo que se llama "erótica del poder".

No todo van a ser plácemes en la esfera del poder político. En ella, se registra una especie de "ley de hierro": el que manda necesita mantenerse en el escalón del poder que le corresponde y, a ser posible, elevarse un poco más. Por tanto, selecciona a sus colaboradores más adictos, pero procurando que sean un poco menos valiosos que él mismo. La consecuencia es la general mediocridad de la gavilla de los que mandan, con solo las excepciones que hacen historia. El buen político es el que sabe superar la "ley de hierro" que digo.

Debo advertir una reflexión personal. En los amenes del franquismo y luego, con la transición democrática, recibí algunos ofrecimientos para ingresar en el escalafón de los que mandan. Los rechacé con más obstinación que argumentos. Vagamente, prefería ser maestro a ser ministro, si bien, objetivamente, no son atributos incompatibles. Puede que fuera la racionalización de la fábula del zorro y las uvas.

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