Los españoles somos perezosos y crueles

Amando de Miguel

Ahora resulta que dos escritores ingleses han dictaminado que los españoles somos perezosos y crueles. Se trata de un viejo estereotipo, que por otra parte favorece el turismo hacia nuestro país. También podríamos decir nosotros que los ingleses son altivos y pomposos. Pero conviene recordar que detrás de los estereotipos se ocultan algunas verdades.

En efecto, se ha documentado que los españoles dormimos menos horas que los otros europeos del septentrión. En España la hora de máxima audiencia de la tele es hacia las 10 o las 11 de la noche, cuando los europeos boreales llevan ya adelantado el primer sueño. Quizá sea la costumbre de las pocas horas de dormición nocturna lo que ha llevado a la institución española de la siesta, palabra que no se traduce en inglés. Aunque, bien mirado, los verdaderos aficionados a la siesta sean los extranjeros que nos visitan. Los cuales nos imitan también en el aprecio por la noche. España llegó tarde a la luz eléctrica, pero generalizada la bombilla, la noche nos fascinó.

La pereza española se traduce también por la falta del sentido de la puntualidad. Ser puntual en España es casi una descortesía. Los teléfonos móviles han sido una bendición para los hispanos. Gracias a esos archiperres informáticos las agendas se licúan, constantemente varían las horas y días de las citas o reuniones. Nadie parece preocuparse de tal desorden.

Otra constancia de la pereza española es esa maravilla de las comidas de grupo, que pueden alargarse horas, y hasta se pueden juntar con la hora de la cena. Se mantienen por el placer de la conversación interminable. Es así porque a los españoles nos gusta narrar sucesos y experiencias con mucho detalle, aportando circunstancias de lugar y tiempo perfectamente prescindibles.

Son varios los inventos recientes para fomentar la pereza hispánica: el culto a los puentes, las semanas blancas, los permisos de paternidad, la hora del cafelito en las oficinas, el uso del ordenador del trabajo para resolver asuntos personales o dedicarse a curiosear (ahora dicen "navegar") o a jugar, los desayunos de trabajo (que no son ninguna de las dos cosas). La lista se podría completar con nuevas agregaciones.

¿Y qué decir de la crueldad tópica de los españoles? No creo que se manifieste en las corridas de toros, no más que en la caza del zorro de los ingleses o en las peleas de gallos de otros países. La crueldad mayor con los animales se registra con el hecho de la virtual desaparición de las moscas, pulgas y otros insectos en nuestra pulcra sociedad occidental. Han acompañado a la humanidad durante muchos milenios, Alguna vez añoraremos su ausencia.

La verdadera crueldad de los españoles se manifiesta en las relaciones con el prójimo, de quien se desconfía por sistema. El prójimo más despreciado es a veces el próximo, el pariente, el amigo o el vecino que borramos de nuestra vista. No hay forma de explicar tal proceder; es simplemente un triste hecho de nuestra existencia. Naturalmente, los escritores ingleses que digo no se han percatado de esa peculiar forma de crueldad. Al contrario, lo que ven siempre en nosotros es la extrema simpatía y obsequiosidad con los extranjeros. De ahí que los llamados hispanistas se sientan tan felices en sus continuas visitas a España. No se enteran que una acogida tan ceremoniosa esconde a veces el desprecio hacia los colegas autóctonos.

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