La necesidad del prejuicio

Amando de Miguel

Tienen mala prensa los prejuicios, pero, si bien se mira, son algo consustancial a la mente humana. Para vivir se necesita aplicar constantemente la dimensión simpático-antipático a muchos estímulos, sean cosas o personas. No se hace como un cálculo racional de lo observado, sino más bien como una anticipación o preparación de tal conducta. Nos da seguridad y nos facilita la vida saber de antemano que algo o alguien nos cae bien o nos cae mal. No hace falta averiguar por qué eso es así. Por tanto, el prejuicio es una necesidad evolutiva para adaptarnos mejor a los múltiples estímulos que nos ofrece la vida. Es muy práctico anticipar que determinadas experiencias nos van a resultar agradables o desagradables.

Así pues, los prejuicios pueden ser positivos o negativos, aunque sean estos últimos los que han merecido más literatura. El más tratado ha sido el prejuicio antijudío. La razón es que los teóricos que han escrito sobre el prejuicio han sido en gran medida víctimas del nazismo.

Todos andamos por la vida sostenidos por una gavilla de prejuicios. No hay por qué avergonzarse de ellos, siempre que no conduzcan a comportamientos hostiles o miserables, como por desgracia ocurre tantas veces.

De mí sé decir que me horrorizan de antemano el bacalao y el yogur, y eso que racionalmente pienso que son alimentos muy nutritivos y palatables. Hago un poco el ridículo al confesar tales manías alimentarias. Más vulgar es el prejuicio positivo que me embarga respecto al chocolate en cualquiera de sus formas; sencillamente me priva. Nunca he logrado entender por qué la panoplia de sabores de la heladería es tan variada. ¿Es que hay alguno que supere al del chocolate? El descubrimiento del cacao justifica la conquista de América.

Reconozco que mantengo un haz de prejuicios respecto a diferentes manifestaciones o estilos de presentarse ante los demás. En castellano, a diferencia del inglés, no está bien decir que uno odia esta o la otra característica que distingue a una persona. Pero es el sentimiento que me embarga cuando veo a un tipo con tatuajes, y más aún si hace por exhibirlos, como si hubiera algún mérito en ello. El asco que me produce no es nada racional ni se justifica por nada. Algo parecido me ocurre con la visión de lo que llaman "grafitis", que en castizo se decían "grafitos" o pintadas en las paredes.

En el plano moral me repelen los fanáticos (ahora los llaman también "fundamentalistas") de cualquier especie, sean de índole religiosa, política o deportiva, entre otras. No es tanto odio como un cierto rechazo visceral. También mantengo prejuicios positivos respecto a ciertos individuos; por ejemplo, los irlandeses o los judíos. Insisto que se trata de una reacción irracional, o al menos poco racional.

Parece un buen ejercicio de higiene mental suavizar los prejuicios negativos, pero no es posible eliminarlos todos. Se trata de andar por la vida de modo civilizado con respecto al prójimo diferente. No se puede conseguir del todo. Las sociedades actuales resultan cada vez más heterogéneas por la composición racial, religiosa o de mentalidades de sus habitantes.

Hay un tipo humano que no me es posible tolerarlo bien, por mucho que me esfuerce. Es el tipo del narciso, esto es, el que se cree el centro del mundo y es ajeno a cualquier sentido de culpa. Puede que el narcisismo sea un componente común de la naturaleza humana y todos tengamos algo de ese rasgo. Pero el tipo puro es el que exaspera. Lo malo (o lo bueno, según se mire) es que el narciso reconcentrado suele ser muy simpático, expresivo, dadivoso, y por tanto cae muy bien a la gente. Sin embargo, yo no lo puedo aguantar. Lo siento, como el poeta sentía pertenecer a la época de la pérgola y el tenis.

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