La malhadada disciplina de partido

Amando de Miguel

Me hacen pensar algunos comentarios sagaces de los corresponsales. Por ejemplo, José Luis García Valdecantos me llama la atención sobre la confusa disciplina de partido. Su tesis es que en España falta la disciplina en muchos órdenes y sobra en los partidos políticos. Estoy de acuerdo.

En efecto, la Constitución que nadie cumple nos manda que los diputados no deben votar con mandato imperativo. Es decir, que deben responder libérrimamente a su conciencia, no a los intereses ajenos. Es evidente que tal precepto no se cumple. Por otra parte, la disciplina resulta esencial para que discurra tranquilamente la vida social. Sería absurdo que los automovilistas condujeran por la izquierda o la derecha según les pluguiera.

En las Cortes lo razonable es que los partidos consigan que sus representantes acuerden el voto en una determinada dirección correspondiente con la ideología que suscriben. Pero tal confluencia debe ser voluntaria, libre y acordada. Debe coexistir con el principio del voto en conciencia para los asuntos de importancia. Por ejemplo, esa condición debería exigirse para votar la investidura de un presidente del Gobierno o en leyes con una especial trascendencia moral. Podría ser el caso de leyes que regularan el aborto, la eutanasia, la política con los refugiados de otros países, etc. La fina combinación de disciplina de partido y libertad de conciencia se ha conseguido en el Reino Unido. Se trata de un país que lleva varios siglos de democracia en continua perfección, y eso que carece de una Constitución escrita. Los partidos políticos se aprestan a una labor pedagógica para unificar criterios de sus miembros en el Parlamento y excluir a los disidentes recalcitrantes. En España no hemos llegado a tal finura.

Tampoco debe interpretarse el principio del voto en conciencia con la conducta de "seguilla y no enmendalla" que pueden adoptar algunos diputados narcisistas. Con ello persiguen notoriedad hasta un extremo que toca la psicopatía. En esto como en todo, en el equilibrio reside la virtud.

Más preocupante es el hecho de la escasa disciplina en ciertas conductas que tienen que ver con la convivencia cívica. Por ejemplo, en el sistema de enseñanza pública (y al final también en la privada) se observa la tendencia al declive de los exámenes o los deberes para casa o las vacaciones. De forma extrema, se insiste en que la evaluación debe ser la que los alumnos hagan de los profesores. Desaparece la idea de una sanción negativa para la conducta desviada de los alumnos. Es evidente la consecuencia del deterioro de la calidad educativa. No hay que tomarse literalmente la idea de disciplina en su sentido literal (la disciplina era el látigo), pero sí de manera analógica como el esquema de premios y castigos. Ya vemos que tal noción se desvanece en aras de una desgraciada interpretación del principio de igualdad. Sin la correspondiente actitud de esfuerzo, la educación deja de serlo.

En la vida cotidiana de una gran ciudad, la apetencia de los aficionados a correr o pasear en bicicleta puede llegar a ser un obstáculo para el tráfico normal de vehículos y peatones. Da la impresión de que el derecho al ocio se destaca por delante del derecho al trabajo o del normal disfrute de los espacios públicos. Es el mundo al revés.

El principio de disciplina social es muy sencillo. La desmesura o el capricho personal no deben ocultar el fin fundamental de la vida de la ciudad, que es el de facilitar el trabajo o los intercambios normales entre los vecinos. Quizá no sea muy feliz la noción de disciplina. Podríamos hablar mejor de ecuanimidad, sosiego, orden. Son virtudes conservadoras, pero, por lo visto, no se estilan mucho. En su lugar se alza una concepción individualista de la vida social. Encima se considera que supone la realización del progreso. No cabe mayor dislate. Aunque, bien mirado, parece que los disparates no terminan nunca.

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