La mal llamada 'guerra santa'

Amando de Miguel

Digo "mal llamada" porque es la expresión justificativa que emplean sus fieles. Los cuales, a su vez, también se matan entre ellos por extrañas razones que resultan incomprensibles para una mentalidad secularizada. Por tanto, aparece también como una especie de guerra civil entre las hordas islámicas. Unos están con Irán y otros con Arabia, dos Estados igualmente teocráticos, asentados sobre sendos lagos de petróleo. Es evidente que se pelean por la hegemonía en el mundo musulmán. Dentro del conjunto de Occidente (imprecisa denominación) pululan soterradas las huestes islamistas más o menos fanáticas, amparadas por la libertad religiosa de la alianza de civilizaciones. En Occidente hay miles de mezquitas con imanes predicando la guerra santa, cada uno a su estilo. En Irán o en Arabia es un delito predicar el cristianismo.

Se comprenderá ahora los enrevesado del panorama político internacional y la dificultad de definir el conflicto. El cual vendría a ser el equivalente de la III Guerra Mundial con explosión controlada. Por la parte occidental no la dirigen los ejércitos sino las policías.

Por si el lío no fuera suficientemente endiablado, en España tenemos un partido con probabilidad de llegar al Gobierno –Podemos– que aparece financiado por Irán. También por Venezuela, para enmarañar las cosas todavía más. La secta podemita aparece como el adalid de la nueva política, la lucha contra la corrupción, y recibe millones de votos y miles de millones de euros del erario español.

La guerra santa ataca con furia en distintos países de forma episódica. Si la matanza tiene lugar en París o en otras capitales occidentales, la opinión pública pone el grito en el Cielo. "Todos somos París" o lo que convenga. Pero si el atentado o el secuestro tiene lugar en un país pobre, la noticia pasa como un suceso más, casi como si fuera un desastre natural. Esa es la verdadera asimetría, y no la que se produce para la confrontación entre los poderosos Estados occidentales y las células sanguinarias de los fanáticos santurrones, llamados yihadistas.

En el Occidente la guerra santa se traduce como terrorismo, esto es, la matanza indiscriminada, por sorpresa, a menudo con matachines suicidas. Es fácil argumentar que "no todos los islamistas son terroristas", claro está. Sin embargo, no es menos cierto que "todos los terroristas son islamistas", y de la especie más ardorosa. Occidente no debe renunciar al principio de la libertad religiosa. También nosotros padecimos guerras de religión, pero las superamos. La guerra santa se nos aparece como una supervivencia de otros siglos.

No se me pida la solución del enigma; bastante hago con plantearlo. Quizá sea como esos raros problemas de matemáticas que no tienen solución. En cuyo caso solo cabe sobrellevarlos.

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