La fantasía del torrero

Amando de Miguel

Yo ya pasé el trago del arresto domiciliario durante unos meses hace medio siglo. Y a fe que el miserable castigo alteró mi vida profundamente. Ahora se repite la experiencia, solo que colectiva; la llaman ‘confinamiento’, que parece más fino, aunque podría ser mejor encerrona. Consuela un poco que sea el país entero, todo el mundo, el que resulte confinado, aunque sea por nuestro bien. Pero cada uno se defiende como puede, al menos con la imaginación.

Revivo uno de mis recurrentes sueños diurnos desde que era niño. En la larga etapa de retiro de mi vida profesional me instalaría con mi mujer en un faro solitario. Siempre me ha fascinado la imaginada vida de los torreros. Los sueños a veces se cumplen. En efecto, mi mujer y yo vivimos en una casa aislada, una especie de castillo roquero, en la sierra de Madrid. Es como una atalaya sobre un peñasco, rodeada de un soto de enebros, encinas, pinos y jaras, en salvaje promiscuidad. Ahora, con el dichoso confinamiento, llevamos dos meses de completo aislamiento, sin ver a nadie. Solo mi hijo Iñaki, provisto de guantes y mascarilla, se acerca de vez en cuando para depositarnos en el zaguán algunas vituallas y medicinas. Seguimos el ritmo circadiano del torrero: paisaje, música, películas, lectura, chupilindrangas para comer. Por encima de la torre revolotean las palomas torcaces, que nos figuramos gaviotas. Al otro lado del valle, que viene a ser como un brazo de mar, se alza en lontananza la Maliciosa bravía y al oeste la fábrica del Escorial. Hago gracia de la parte doliente de mi confinamiento, la que significa no poder contactar con mi médico habitual para continuar con los tratamientos propios de mi edad y sexo. Los hospitales están ahora solo a la pandemia.

Dedico ahora mucho tiempo a las relaciones telemáticas, que para mí se reducen al ordenador, pues carezco de otros archiperres electrónicos. Me envían correos muchos amigos, seguramente para comprobar que sigo vivo, por aquello del grupo de riesgo. Me entretengo en embaular los mil libros sobre España que cubren todas las paredes de la casa. Además, me sobra tiempo para acometer la lectura fascinante de los seis tomazos de las novelas de Jean M. Auel sobre nuestros antepasados prehistóricos.

Una obligación que ha quedado preterida por la larga cuarentena ha sido una conferencia que tenía que haber dado en un centro cultural de Alcorcón. Me ata la costumbre de escribir los textos de las conferencias que tengo que perorar. Así que esta vez me he puesto a escribir los ocho folios convenidos sobre "El autoritarismo basal de los españoles contemporáneos", que iban a ser mi última conferencia. No sé si la daré, pero me han salido ya medio centenar de páginas; pocas más, un libro.

También le he dado algunos últimos tientos a un manuscrito que llevaba rondando desde hace un par de años: "Dios de tejas abajo". Ahí está más claro un libro enterizo, que irá asimismo a mis obras inéditas. Por si fuera poco, el editor me llama para darme la buena nueva de que gime ya en las prensas Una Vox: cartas botsuanas. Es una especie de réplica de las Cartas marruecas de Cadalso. Así que tendré que ponerme a corregir las pruebas de galera, que es una de las operaciones que más me placen.

Por todas partes se dice que este confinamiento colectivo es el equivalente moral de una guerra. En efecto, durante las guerras la población no combatiente se ve manipulada por las noticias que emite el Gobierno. De forma estudiada, se ensalzan las victorias de los nuestros y se ocultan las del enemigo. Precisamente, hace poco más de un siglo, durante el último año de la I Guerra Mundial se extendió la terrible pandemia de la gripe, mucho más mortífera que la actual. En los países combatientes se ocultó cuidadosamente la noticia, a pesar de que los soldados perecían más por el virus que por las balas. El equivalente actual en España es aún más complaciente. A través de las terminales mediáticas del Gobierno, todo son plácemes y aplausos, sonrisas e historias ocurrentes. El propósito está claro: ocultar la tragedia de lo que llaman "coronavirus". Aunque el Gobierno no haga duelo por tamaño holocausto, los contribuyentes que sobrevivimos nos encontramos redoloridos.

Al igual de lo que suele ocurrir en las guerras, el Gobierno trata de empequeñecer el número de bajas que ocasiona la pandemia en España. Lo peor es el conjunto de viejecitos desatendidos en las residencias, que constituyen una crudelísima aplicación de la nonata ley de eutanasia.

Queda el alivio de la atareada faena del torrero. Menos mal que el faro es automático y no necesita mucho mantenimiento. Se agradece infinito, no ya la electricidad, sino la internet.

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