La exaltación del espectáculo

Amando de Miguel

Lo que llamamos cultura se resuelve las más de las veces en un acontecimiento que sucede sobre un escenario o en una sala de exposiciones o equivalente. Es decir, la cultura que se promociona, se exalta y se subvenciona requiere la presencia física de un público. Actualmente tenemos también la realidad de un público virtual, el que se congrega simbólicamente a través de los medios y las redes.

Ahora se comprenden algunos sucesos tan viles como otorgar el premio Nobel de Literatura a un estrafalario cantante norteamericano o el de la Paz a un fracasado presidente suramericano. En sí mismos, los premios Nobel se han convertido en una forma empingorotada de espectáculo. El principio es que todo acontecimiento que pueda merecer un titular de prensa pasa a formar parte de la estrategia del espectáculo. El sueño de todo hombre público consiste en que su nombre aparezca en los titulares de prensa.

La política trabaja cada vez más en modo espectáculo. No otra cosa es el llamado (no se sabe por qué) Comité Federal de un veterano partido en descomposición. El órgano correspondiente de una parte de ese partido se denomina Consejo Nacional. Obsérvese que muchos programas de la tele, los debates políticos, los actos de las campañas electorales, no digamos los partidos de fútbol, adoptan la forma de espectáculos. Hasta se prestan a ello los procesos judiciales más señalados. En todos esos casos, por diferentes que puedan ser, importa mucho el decorado y el vestuario. El respetable es ahora teóricamente el país entero a través de la infinidad de medios y redes.

¿Qué diferencia puede haber entre la antigua cultura como creación y la nueva como espectáculo? Lo que se aprecia ahora son actuaciones, pues los sujetos se comportan como actores del gran teatro del mundo o de los pequeños mundos. Las posibles acciones parece que importan menos.

En el teatro griego clásico los actores llevaban máscaras para que su voz se difundiera mejor. Hoy se sustituyen con ventaja por micrófonos frente a las cámaras de televisión. De tal forma es así que no hace falta el teatro como tal para que muchas representaciones de la vida colectiva se conviertan en verdaderos espectáculos. En muchas de ellas, a pesar de la megafonía, los actores gritan a placer. Véase lo que ocurre en un mitin político, en una transmisión o tertulia deportivas, en una manifestación callejera, en un concierto de música ruidosa con el público enardecido. No es fácil entender por qué, en lugar de hablar, se grita.

El espectáculo implica casi siempre aplausos del respetable o audiencia. Es un gesto que se prodiga ahora mucho, incluso en las bodas y funerales. Resulta difícil de explicar por qué algunos muertos reciben aplausos.

Al convertirse tantas cosas en espectáculos, es lógico que se pervierta el léxico. Por ejemplo, se confunde cada vez más mirar y ver, escuchar y oír. La confusión proviene de que el evento convertido en espectáculo no se considera una representación de la realidad sino la realidad misma.

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