La España rota y vocinglera

Amando de Miguel

El Gobierno pretende utilizar las fuerzas policiales para desarticular los botellones, perseguir a los traficantes de drogas alucinógenas, acabar con el contrabando de tabaco (vía Gibraltar). Incluso, como parte de la política de control de la pandemia, el Gobierno trata de acortar las horas del "ocio nocturno". Todas esas acciones se muestran inútiles, con la consiguiente desmoralización de los cuerpos policiales (oficialmente, "fuerzas y cuerpos de seguridad"). No se puede luchar, fácilmente, contra las tendencias sociales, firmemente, establecidas. El ruidoso público joven (menos de 40 años) demanda, con imperiosa exigencia, el consumo de drogas, alcohol y otros excitantes. Si los locales de ocio los encuentran cerrados o incómodos (aforo y horario reducidos), los jóvenes se desparraman por los espacios públicos en busca del mayor ruido posible. Se trata de una demanda que nunca se satisface del todo. Forma parte de una tendencia social más amplia y firme: el gusto por hacer la vida fuera de casa. Es un rasgo poco compatible con la disciplina conducente a la prosperidad económica. Se desata porque la sociedad española tiene que mantener a unos cuantos millones de jóvenes sin posibilidades de trabajar y con una oferta educativa deleznable. En lugar de la "ética del esfuerzo", rige la contraria: una especie de moral del relajo, del ocio continuado, de la extraversión persistente, del desgaste de energías. Parece un signo de vitalidad, pero lo es, más bien, de decadencia.

Uno de los efectos secundarios de ese nuevo estilo de vida colectiva es el llamativo desinterés político, especialmente, de los jóvenes (los nacidos en la etapa democrática). Es el supuesto óptimo para que el sistema democrático adopte tintes autoritarios, para que menudeen las veleidades secesionistas de las regiones de siempre. Ambas tendencias son, perfectamente, compatibles, como lo estamos viendo día tras día. El Gobierno socialista, aliado con los comunistas, se entiende, divinamente, con los movimientos que tratan de despedazar la nación española. Se trata de un juego de "suma positiva", porque todos los aliados ganan.

Se comprenderá, ahorita, por qué, dentro del rango de los países desarrollados, España ha sufrido, de manera especial, los embates de la pandemia del virus chino. No se trata, solo, del número de fallecidos, aunque aterra pensar en la pérdida, de momento, de unas 150.000 vidas. Son innúmeras las personas, que, por causa de la enfermedad, estarán "tocadas" para desarrollar actividades productivas. Las bajas laborales por enfermedad menudean cada día más. Dentro de la baraúnda estadística, seguimos sin conocer un dato esencialísimo: cuántos de los vacunados se han contagiado del maldito virus. Otra laguna informativa: cuánto tiempo duran los efectos de las vacunas. Más ignorancias: cuál es la capacidad de contagio de un botellón o equivalente. No hay que esperar que un régimen, con tantos tics autoritarios como el nuestro, nos ofrezca respuestas a tales inquietudes. Al tirano Sánchez (en el sentido del mítico de Siracusa), solo, le mueve una preocupación: durar en el poder. Por una potísima razón: porque, fuera de tal destino, el tirano no tiene nada que hacer.

Comprendo que mi diagnóstico peque de pesimismo; pero, la realidad es pésima. La esperanza de cambio tendría que estar en la generación de los jóvenes, los nacidos en democracia, pero, sus apetencias van por otro lado. Lo suyo es un interminable botellón vocinglero, con la avidez de continuas excitaciones.

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