La desmesura

Amando de Miguel

Desmesura es una de esas voces que traduce el desajuste o el disparate colectivo. El prefijo des- se hace necesario para la adecuada presentación de los españoles contemporáneos en la vida cotidiana. Denota anulación o acción contraria a la voz que sigue para componer una palabra chocante muy del gusto del hablar paradójico español. El des (o también dis) se puede anteponer a todo tipo de voces. Hay miles de palabras ya cristalizadas con tal operación de desmentido o disparidad. Por ejemplo, ¡qué expresiva es la idea de desengaño para indicar el pesimismo que produce la realidad adversa! Ahora se ha puesto de moda desescalada, un término militar que indica la reducción de una ofensiva; vale muy bien para definir la operación de minorar el embate de la epidemia del virus chino.

De modo general, la desmesura equivale a cualquier cosa que se produce en demasía, de manera excesiva o desproporcionada. El modo de hablar de los españoles es naturalmente hiperbólico, exagerado y contradictorio. Así que no chocan mucho tales aparentes desafueros en el lenguaje. El día comienza para los españoles con el desayuno, que es lo contrario de no comer, para no desfallecer, así como lo opuesto al trabajo (lo que traba) es el descanso. Todos se oponen a las inevitables desigualdades. "No hay mayor desprecio que no hacer aprecio", dice el pueblo sabio. Gusta esa manera de hablar con negaciones.

La desmesura resulta de la confluencia de dos rasgos característicos de la personalidad autoritaria: la intolerancia y la forma de hablar taxativa, asertoria, apodíctica, hiperbólica. A los extranjeros (incluidos los hispanoamericanos) les parece que los españoles, al hablar, traducen algún tipo de disgusto oculto. Los mexicanos precisan que los españoles hablamos golpeando las palabras.

La desmesura es lo que excede a toda moderación o templanza, lo que se muestra descomedido, exagerado de propósito y hasta con propósitos de alardear. Es un término que abunda mucho en el Quijote al tratar de muchas situaciones o personajes fuera de lo normal y que suelen conducir al pesimismo.

Aplicada la idea a la conducta colectiva de los españoles contemporáneos, véase la cantidad de sucesos que se salen de madre, incluso en las épocas consideradas como democráticas. Durante la II República fueron corrientes los estados de excepción, la supresión de periódicos, los levantamientos, los casos de violencia extrema. Para empezar, la II República se instauró en 1931 como consecuencia de unas elecciones municipales, cuyos resultados ni siquiera se llegaron a escrutar del todo. Realmente se trató de un golpe de Estado. Luego, la República tuvo que enfrentarse a efectivos golpes de Estado en 1934 (en Asturias y Cataluña) y 1936. El desbarajuste final precipitó una cruenta guerra civil.

La llamada Transición democrática, inaugurada a la muerte de Franco en 1975, ha tenido que soportar varios intentos de golpes de Estado, además de múltiples atentados terroristas. Algunos Gobiernos de la democracia se han establecido no como resultado de unas elecciones, sino por mociones de censura o después de gruesos atentados terroristas. Al final, resulta desmesurado el retrato de unas Cortes en las que discuten una veintena de partidos. No es menor desmesura que, para formar Gobierno, normalmente tenga que hacerlo un partido nacional con el apoyo, expreso o tácito, de los independentistas, esto es, los que no se consideran españoles. Es claro que a eso no se le puede llamar una democracia estable o madura. Ese sería un régimen del que nunca han disfrutado los españoles. ¿No es eso una desmesura?

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