La democracia pícara

Amando de Miguel

Es sabido que cuando a la voz democracia se le agrega un adjetivo, se degrada. Lamentablemente ese es el caso de nuestra democracia, la Constitución real de los españoles desde un par de siglos. Somos una democracia amortiguada por la picaresca imperante. Por algo la novela picaresca es el género característico de nuestra cultura, desde Cervantes a Cela.

Pícaro es palabra de incierto origen. Desde luego, nada tiene que ver con la región francesa de la Picardía. Corresponde al tipo que intenta medrar rápidamente a costa de los demás. Tanto es así que en España el ideal de hacerse rico se aprecia socialmente más que ser rico por herencia. Se interpreta como un admirable golpe de suerte, sea a través de la lotería y los juegos de azar o envite, el agio (pelotazo), el matrimonio (braguetazo) o la política (corrupción). Hay otras formas; todas ellas se admiran, por mucho que verbalmente se desprecien.

La picaresca en la vida pública española se resuelve con el principio de que el amiguismo es más rentable que el mérito. Se sospecha, incluso, que una acumulación extraordinaria de méritos destapa las envidias de los mediocres, y más si cuentan con una brizna de poder o influencia. Siempre hay subterfugios legales o de costumbres para no reconocer el mérito. Hasta el punto de que, ante un mercado de trabajo enrarecido, algunos solicitantes de empleo recortan su currículum para no parecer excesivamente ameritados.

La corrupción política es la forma más insidiosa de picaresca. Consiste en la apropiación de los caudales públicos mediante sobornos (comisiones o mordidas) y otros latrocinios disfrazados con el balduque administrativo.

El buen pícaro de alta gama no se arriesga mucho con ilícitos penales. Se contenta con bordear la ley, utilizándola pro domo sua. Si entra en política o se sirve de ella es a través de una inusitada capacidad para hacer amigos y mantener útiles contactos. Su táctica es la de hacer favores a discreción, pasar por generoso. Ya vendrá el tiempo de recoger los frutos de tales dádivas. La mayor parte de los pícaros con el dinero público no pasan nunca a los titulares de prensa.

Hay una mentalidad general que subyace a las conductas corruptas. Consiste en la escasa capacidad para confiar en los otros. Por eso el pícaro se aprovecha de los demás. En diversos estudios sociológicos se hay visto la desconfianza básica de los españoles respecto al prójimo.

Es inútil combatir la corrupción política con leyes y reglamentos, mientras los españoles sigan admirando secretamente al pícaro y rechacen el principio del mérito o del esfuerzo. Con esa creencia prevalente será difícil que en España dispongamos de un buen sistema de enseñanza, unas auténticas instituciones democráticas.

La picaresca tradicional era consecuencia de la falta de recursos, del quiero y no puedo, de la pequeña codicia. Ahora es de más altos vuelos y sobre todo se apoya en la oportunidad que ofrece el elefantiásico sector público de la economía. Se comprenderá ahora que todos los partidos con representación parlamentaria aboguen por un continuo aumento de la parte que corresponde al sector público. Es un auténtico maná para los que pueden gestionar esos fondos, aunque solo sea a escala municipal.

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